martes, 15 de enero de 2008

LA OBSESION, EL DESEO capitulo VI

VI
Mientras tanto, Lorena prosiguió su narración, mencionándome que la emoción no la había dejado decir nada más, y no sólo eso, si no que no le permitió llorar. Llorar al contrario, que horas antes de felicidad, toda la pena y el sufrimiento vivido, habían que dado reducidos a un silencio y fingir, respetuoso.
-Me costó asimilar el acuerdo al que había llegado con él, no fui capaz de asumir la libertad concedida de modo inmediato. Sus palabras y el contenido de las mismas durante algún tiempo fueron la causa que motivó no correr a buscarte con carácter inminente. Tenia duda, tenia miedo, tenia incertidumbre. Abrigaba serias vacilaciones sobre que, al tenerte cerca, pudiese seguir manteniendo la calma que tu ausencia me aportaba. Pero mi amor por ti me estaba robando el sueño y la tranquilidad. Por lo que por fin decidí, llamarte, aprovechando la rotura del interruptor, te mandé el mensaje con mi hijo Oscar, confirmé su recepción preguntándole si te lo había dado. Me dijo que si, si bien, no me dejó claro, si vendrías o no, porque le había parecido, que estabas algo raro. La noticia me llenó de zozobra. ¿Seguirías queriéndome?, ¿Me habrías olvidado? Dormí inquieta pensando en la posibilidad de que no vinieses. Me levanté temprano. Cuando todos se habían marchado, me maquillé ligeramente, me di un toque de color en los labios, atusé mi peinado, me vestí con una prenda abotonada de arriba abajo, y me dispuse a esperar tu llegada cerca de la puerta. No sé si te hiciste esperar o que a mí me lo pareció, pero cuando sonó el timbre, abrí de modo inmediato. Y ahí estabas tú mirándome de manera fija y hosca. No pude reprimirme, estabas tan mayor y tan guapo que te lo dije, y te franqueé la puerta. Tu respuesta accediendo fue seca y cortante, -Usted también-. Me precedías por el pasillo, y pensaba que en algo estabas cambiado, que no sólo parecías mayor, sino que eras mayor, a pesar del pantalón cortó que tenias puesto, y que como a todos los chicos de tu edad, te correspondía lucir. Llegaste a la cocina, tomaste las herramientas y volviéndote hacia mi, digite: -¿Dónde está el problema?-. El haber tomado conciencia de que podía haberte perdido, me ensombreció, me entristeció, me llenó de una profunda pena, apagó mi voz. -En el dormitorio- te respondí, y comencé el camino hacia él, precediéndote y diciéndome, ya no me quiere. Sin ti no estaba dispuesta a continuar, sucumbiría. El recorrido al dormitorio se me hizo eterno, escuché el golpe de dejar la caja sobre el suelo, y antes de que me tocases te presentí, sentí tu mano izquierda que sujetó mi cintura apenas sin tensión, como si me dijeras, vete si quieres, un alo, un soberbio alo, de vida regresó a mí, y, como si de un impacto de energía se tratase, mis pechos se llenaron, mis pezones aumentaron su tamaño y mi sexo, segundos antes de que llegara tu mano, se lubricó como si se estuviese preparando para recibirte. Tu mano llegó, entró y se adueñó. Tus dedos, increíblemente maestros, me fueron enseñando el camino del placer infinito. Tu mano izquierda soltó, lo que más que prender, era una caricia, y buscó mis pechos. Los halló dispuestos, desafiantes, mis pezones, dos erguidas, orgullosas, y retadoras defensas, fueron derrotadas, sin embargo, en la primera ocasión, por la enérgica pero tierna comprensión de tus dedos. Sobre mi cuello sentía el calor de tus besos, el fuego de tu aliento. Tu lengua lo recorría, mientras me musitabas palabras de amor y de deseo. Se inició mi venida, pero cuando más entregada estaba a ti, más necesitada estaba de ti, más añorante de tus brazos, de tus besos, de tu pasión. Súbitamente me alejaste, y con expresión decidida, comenzaste a realizar el trabajo, para el que habías venido. Mi mente se bloqueó, quedé a tu lado sin decir nada. Me quedé a tu lado si saber que hacer. Mi cuerpo, mi mente, te deseaba. Mi olfato captaba tu olor de hombre receptivo, no sabia si irme a llorar mí pena por tu abandono, o lanzarme sobre ti como la fiera en celo, que era cuando estabas cerca, y en ese momento, aún más fiera y más en celo. Comprendí que algo había cambiado en ti, y que por algo estabas ofendido conmigo, y asumí que no me querías, que había sido tu capricho momentáneo. Y me rendí, y como zombi te fui siguiendo en todo momento, hundiéndome cada vez más en la desesperación. Pero otra vez me sorprendiste, frente a mí, comenzaste a desabrochar mi vestido, y la esperanza de felicidad surgió de nuevo. El rubor fue cubriendo mi cara a medida que la prenda se fue abriendo. Sentía reparo de estar así frente a ti. Podías ser mi hijo, y el estar desnuda frente a un hombre, no era nada frecuente para mí, pero el reparo duró el tiempo justo, hasta que me di cuenta que tus manos, temblaban, de un modo incontrolado mientras desabotonaba, y tu mirada de deseo, cuando me vistes desnuda. Pero no terminaría, en esto mi suplicio, después de tu contemplar intenso y ansioso, me pediste que me sentase en la orilla de la cama, lo que me convenció de que me penetrarías si tardanza pero aun me martirizaste más, ignorándome en esa posición. Por fin, después de haberte tomado tu tiempo, me cogiste la cara con tu dedo índice, y con tono displicente, dijiste besándome, -Te amo-. Marchándote a comprar la pieza que necesitabas, no sin antes, decirme con prepotencia. -Mis hembras, las que son mis hembras, saben que cuando las solicito tienen que estar totalmente desnudas para mí. Quiero tomar lo que es mío sin que nada me pueda molestar-. Y te ausentaste. Me volví a quedar confusa ¿Por qué? me chuleabas, ¿Qué te había hecho yo? En esos pensamientos estaba cuando escuché el timbre de la puerta. Rápidamente me quite la ropa interior, la guardé y cerré sobre mi cuerpo desnudo, el vestido. Lo hice rápido, pero me preguntaste hosco, -¿Cómo has tardado tanto?- Y ¿si pasaba algo? Lo recuerdas, -ya lo verás- te contesté, y me adelanté hasta, el dormitorio. Ignorándome, te pusiste a reparar el interruptor, como estabas absorto en el trabajo, no me mirabas. Ya llevaba un rato completamente desnuda frente a ti y te susurré, -Nano ¿me solicitas?-, Al mirarme me di cuenta, de la fuerte impresión que lo que estabas viendo te produjo, entonces otro de tus movimientos desconcertantes, saliste de la habitación, me senté en la cama, y cuando regresaste estabas completamente desnudo y erecto. Viniste hacia mí y me ordenaste -¡bésala!-, me quise oponer, repetiste autoritariamente, -¡Bésala!-. Fui acercando lentamente mis labios a tu falo, no sin cierto reparo, y lo besé, y entonces, tomaste mis cabellos y los utilizaste para forzar su entrada en mi boca. Me opuse radicalmente, y a la sazón tú dices, -Mis hembras, las que son mis hembras, lo primero que han hecho es comérsela-. y soltando mi cabello, comienzas a retirarte. Ya no resisti más, ¡Te necesito!. Necesito que me hagas el amor, y sin la menor duda ni reserva, lo dejo entrar. El fuego que despide, me advierte que te consumes. No permites que esté en mi boca mucho tiempo. Me dejas caer sobre la cama y de un solo y sublime golpe, entras en mí. Y en esos instantes llego, la gloria.
El fuego que descubrí, minutos antes, terminó convertido en un incendio dentro de mí. Por fin, después de tanta añoranza, cabalgabas sobre mí, entrabas en mí, me apretabas, me mordías, me besabas. Finalmente me besabas, en cualquier parte, en todas partes. Donde pensaba que me gustaría encontrarte, allí estabas. Goloso, atrevido, dominador, indomable, guardián solícito de las laxitudes sosegadas, consecuencias de mis venidas. Pero no quise darme cuenta que ya, como tú decías, era una de tus hembras. Irremediable y consentidamente, una de tus hembras. Cuando intuí tu llegada, tonta de mí, te ordené -¡Bájate!- te suplique -¡bájate!-. Pretendí que bajaras por la fuerza, y me llenaste con tus descargas continuadas. Me llené con las mías, y me abandoné en tus brazos viviendo, solo y para ti. Cuando pude reponerme de tanta felicidad solo se me ocurrió decirte –Nano, hijo mío, me has dejado embarazada-. Te dije hijo mío porque no encontré otras palabras más hermosas, para demostrarte como te amaba. Pero no me comprendiste y tu respuesta, que no quiero recordar, me destrozó, me demostró tu cambio. Ya no eras el hombre/niño que me sorprendió con su pasión y su inexperiencia, eras el hombre del que estaba profundamente enamorada, que me originaba, inquietud, desasosiego, e incluso pánico. Un hombre que, en pocas horas, me había enviado del cielo a los infiernos en varias ocasiones. Y de nuevo se hizo la luz. Tus manos tomaron mi cara y llorando me pediste perdón, me abrazaste, demostraste, que me amabas, que me querías, que me deseabas. No pude contenerme, no me quise contener. Y te respondí abrazándote, con arrebato. Y me convertiría en tuya en irremediable, y convencidamente tuya.
Estando en este trance, un nuevo ciclo de frenesí, dio comienzo. Te indiqué que se hacia tarde y que debíamos concluir. Reiniciaste el trabajo, al rematarlo, dejaste las herramientas en la cocina. Tome la decisión de probarte mi amor. A tu salida, te esperaba en el pasillo, te arrinconé, y cuando te tenía sobre la pared, Bajándote, pantalón y calzoncillo, busqué con mi boca tu pene y lo introduje en ella. No tenía una idea muy clara de como debía obrar. Tome tus manos, tomaste mis cabellos, guiaste mi cabeza, y marcaste el ritmo. Un ritmo que te llevó a descargar tu simiente dentro. Dude que hacer. Me ofreciste tu mano para recogerla, la limpiaste en ti. Me besaste y partiste. Como muy bien sabes. He tardado tres inacabables años en volver a tenerte junto a mí.

2 comentarios:

  1. Tres años, ¿que se ha creido el "Pollo?, ni que una fuera de carton-piedra.

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  2. Si ya lo digo yo. No comer por haber comio, no hay na perdio, pero eso si, primero se tiene que haber commio
    aa.tt

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