martes, 29 de enero de 2008

TODOS LOS HOMBRES SOIS IGUALES, Y BUSCAIS LO MISMO

Todos los hombres sois iguales, y buscáis lo mismo. ¿Que varón no ha escuchado alguna vez a lo largo de su vida esta frase?, pienso que pocos, y lo que es aún peor, el modo insultante, peyorativo, vejatorio e injurioso, con el que la mujer suele pronunciarla.
El uso y el tiempo, han ido consiguiendo que una expresión, que tan sólo constata la realidad de un hecho, termine convirtiéndose en una sentencia sin apelación, que concluye tornando al hombre en reo de la mayor de las bajezas: “El instinto reproductor”.
Pues bien, creo llegado el momento de romper una lanza para que esto deje de ser así.
Es cierto que todos los hombres son iguales, si no de un modo absoluto en lo físico, sí en lo esencial y heredado genéticamente de sus ancestros, entre lo que se encuentra el instinto. Si bien éste, a lo largo del desarrollo de la sociedad humana se ha visto influido por ésta; de manera que me atrevo a decir que en el varón confluyen dos tipos de comportamientos instintivos, los que rige el instinto natural, y los que rige, el instinto inducido. El primero de los grupos de comportamientos, en mi opinión es el directo responsable de la dichosa frasecita.
Desde los primeros momentos de la creación, la existencia de dos sexos distintos ha tenido un solo y único fin, creced y multiplicaos, son escasos los ejemplos en que la naturaleza ha dotado a uno de sus componentes de la capacidad de auto reproducirse. Para que el creced y multiplicaros se produjese, la misma, siempre sabia, equipó a cada sexo de elementos diferenciadores, tanto físicos como químicos. Variopintas y curiosas, son las formas y los modos (inflamación de los órganos genitales, emisión de efluvios, micción de fluidos, rituales posturales, danzas espectaculares, sonidos etc.), en que las distintas especies emiten mensajes que tienen como destino el sexo opuesto, apuntándole: “estoy receptiva y dispuesta para procrear”, y digo receptiva, por que por regla general, son las hembras las que los emiten.
Pero mire usted por dónde, la hembra de la especie humana, (que es la única que siempre está preparada para ser cubierta), es a su vez la única, que carece de toda señal externa, ni física ni química, por la que el macho pueda deducir que esta apetente. De lo que se deriva que “al prenda”, para conseguir el ancestral objetivo final de que sus genes sigan expandiéndose, no le queda más remedio, que intentarlo con toda aquella que se le pone a tiro.
Por otra parte, la providencia pensó ¡creo yo!, como no haga algo, con el montón de ocupaciones, que tienen (jugando al tute y al dominó ellos, diseñando moda ellas, dándole al cristal ellos, charlando de sus cosas ellas, o degustando ricos mangares ambos, entre otras muchísimas), éstos no se juntan y van a tener menos descendencia que un caimán de madera. Y solucionó el tema creando algo que era superior en todo a todo cuanto se había engendrado hasta ese momento: “El placer del sexo” y para no tener que andar explicándolo de modo permanente, lo incorporó a unos bichitos, que hoy sabemos que se llaman cromosomas, y que parece ser son los responsables de ordenar, coordinar y poner en marcha, esta compleja máquina que es el cuerpo humano; de modo que sin necesidad de aprendizaje alguno, el macho humano tiene la lección bien aprendida y sabe perfectamente qué hacer para hacerse con su ración de placer sexual, aledaño por supuesto al ancestral fin de procrear. Digo bien, sabe qué hacer, pero ¿dónde hacerlo? Eso ya es otra cosa, y la duda existencial se perpetua generación tras generación , de manera que cuando ésta, ante la presencia de una moza de buen ver, y les aseguro, que todas son mozas de buen ver, las hay para todo tipo de visión, desde 0,25 hasta 8 dioptrías y más, pero como digo, todas de buen ver, cual si fuese el loco del cuento cervantino, se pregunta: ¿será “podenco”? y como su respuesta siempre es semejante, la duda, sin pensárselo más, se lanza al ataque.
De ahí, del primero de los grupos de comportamientos, como digo, procede la dichosa frasecita. -¿Tu que te has creído, qué soy una fulana? Desde luego, “todos los hombres sois iguales, y buscáis lo mismo.”-
Es cierto, innegable, seguro, indiscutible, categórico, indudable, etc. que todos los hombres, al menos en lo genético y salvo no muchas ecepciones, son iguales, y por el hecho de serlo, el comportamiento es el mismo, máxime cuando éste viene dado por la información implantada, en su cerebro, (de ahí las pequeñas ecepciones, la información es otra) desde la creación de la existencia.
De manera que no considero justo el trato humillante que la puñetera frase encierra. El hombre busca en la mujer lo que una muda, pero autoritaria voz interior, le ordena que busque, y obediente busca, hasta que halla, y cuando halla, comienza la batalla, batalla por cierto, que es la única conocida en la que ambos contendientes se lo pasan “bomba,”por hacer alusión a algún terminó bélico.
Solo resta dejar clara una última cuestión. Se ha recriminado, se recrimina, y de no producirse algún sorprendente cambio, ser recriminará, el modo totalmente natural e instintivo de comportarse los hombres en esta cuestión. Pero, en ningún momento, se ha reconocido, se reconoce, ni se reconocerá, la conducta totalmente inducida que ha hecho que ante ciertos estados, los hombres, antepongan a su instinto reproductor, ante todo y sobre todo, el respeto a las hembras por muy apetecibles que sean y esten, que en estos estados se encuentran.
No obstante lo dicho, y como un ejercicio de autocrítica siempre pensare “¡y acá, qué sabemos...!”
El eskribidor
Enero/2008

lunes, 28 de enero de 2008

FELIZ CUMPLEAÑOS

A pesar del tiempo transcurrido, aún me resulta inolvidable, un instante de mi vida:
Despertaba el día esplendorosamente, el sol hacía su aparición por el horizonte, la noche se consumó, en la práctica de mi deporte favorito, la pesca, no tenía de qué quejarme, las capturas habían sido suficientes.
De modo súbito, mi amigo Iván exclamó con su cálida voz caribeña: -¡atiende compañero!, ¿alguna vez te hablé de Lucrecia?; -¿de quién de esa chica que vive junto a tu casa?-, -Si- afirmó, -¡claro!, estoy por asegurar, que ésta es, la que hace treinta veces, que la mencionas esta noche-, -¡mira compañero!, la amo, ¿te lo dije?. La amo, ¿entiendes lo que quiero decir?-,-supongo que sí-, asentí, -¡mira compañero!, cuando la contemplo, siento que todo mi cuerpo se estremece, cuando acaricio su piel, y estrecho su talle, una luz cegadora se adueña de mi pensamiento, ¡compañero!, cuando susurra que me ama, los latidos de mi corazón son tantos y tan violentos, que parece no ser suficiente el oxígeno que le hago llegar, con mi respiración entrecortada, ¡mira compañero!, en tu país sé que decís, que en estas ocasiones se está en el séptimo cielo, yo no creo en el cielo, pero si es algo, que se asemeja a lo que siento en esos momentos, no me importaría morir para estar siempre junto a ella, en ese lugar-. Mientras escuchaba su relato, mi mente fue recontando de modo automático, todas y cada una, de las veces que me había dicho que la amaba, lo que sólo había sido un comentario al azar, terminó por convertiste en un hecho muy real, habían sido exactamente treinta, las ocasiones en que Iván dijo, o mejor, gritó su adoración por Lucrecia. Algunas copas de rom, compartieron conmigo tan larga vigilia, y entre sus brazos sensuales, una ligera somnolencia se fue apoderando de mí. Iván de manera reiterada, continuaba su salmodia, -¡mira compañero!, ya sé que es mayor que yo, ya sé que tiene cuarenta años, que no es frecuente que sea así, pero que importa, la amo, ¡compañero!, la amo-.
El agua estaba templada, mis pies dentro de ella, así me lo corroboraban, la brisa marina acariciaba cada poro de mi piel, aliviando el suave calor de la mañana; recostado en la arena, el peso de mi cuerpo, libre de cualquier dolor ni molestia, resultaba inmaterial, en mi imaginación se recrearon los instantes vividos horas antes con una preciosa muchachita de bruñida piel morena, y los que viviría a mi regreso a España. No tenia nada, no quería nada, las preocupaciones, que eran muchas, parecían no existir, y disfrutaba del dulce dolor, que la añoranza de mi tierra lejana, producía en mi. En la distancia sonaba un sensual son cubano de caliente ritmo, mi amigo Iván, seguramente también bajo el efecto del rom, persistía en el relato de su amor, y la pasión que despertaba en él aquella mujer de cuarenta años. Imprevistamente, dentro de mi, se fue produciendo un fenómeno que llegó a asustarme, semejante éxtasis sólo podía provocarlo la paz celestial; por unos momentos creí que ya no formaba parte de este mundo, la solución llegó tan de improviso como la consideración del fenómeno, simplemente era absoluta, total, e inmensamente feliz. El tomar conciencia de este hecho, me devolvió a la realidad cotidiana, corría el verano español del año de gracia de 1973.

A lo largo del resto de mi vida he llegado a creer que se había repetido ese instante en algunas otras ocasiones. Pero o la brisa marina no acariciaba cada poro de mi piel, o el agua estaba fría, o mi cuerpo se encontraba pesado y dolorido, o estaba sin recursos, tieso, o la preciosa muchacha de bruñida piel morena, brillaba por su ausencia, o en fin, el dulce dolor de la añoranza hacía mutis por el foro. La realidad es que siempre he pensado, que el principal obstáculo que ha impedido que no haya sido así, sin la menor duda no es otro, que la ausencia de mi amigo Iván, exclamando, con su cálida voz caribeña: -Mira ¡compañero!, ¿alguna vez te hablé de Lucrecia?, mira ¡compañero!, la amo ¿te lo dije? La amo-. Etc...etc.

Cariño, te deseo que cada día del resto de tu vida, venga provisto de un instante de felicidad semejante al que yo viví, al que sin la menor duda, mucho contribuyó el amor que a mi amigo Iván le hacia sentir Lucrecia, una maravillosa mujer de cuarenta años.

Solo te diré que, paradójicamente y a pesar del tiempo transcurrido, ahora estoy empezando a comprenderle.

El escribidor
Nov/97

miércoles, 23 de enero de 2008

A TUS PIERNAS

A tus piernas tan hermosas y atrayentes
Les dedico mis deseos y mi mente,
Me subyuga imaginarme entre su aprieto,
Me apasiona recorrerlas lentamente.

Me enloquece
Modelarlas sin mesura
Me estremece
Su calor, su luz oscura.

La ceguera de mi piel, que al tacto mira,
Halla en su dermis vestal mensajes mudos,
Lenguaje de placer, punto de encuentro,
Encrucijada, ofuscación, deleite puro.

Cuando te veo mi amor, estallo dentro
Como bengala de fugaz luz esplendorosa
Cuando someto la lujuria de tus piernas
No hay caricia más caricia, no hay otra cosa.

Sep/97

martes, 22 de enero de 2008

LA CANDONGA DE LOS COLECTIVEROS


Llegados estos momentos que preceden a una elecciones, invariablemente escucho de modo reiterado, un concierto algo parecido al que conocemos, como el de año nuevo, monotemático como éste, pero sin dudar, menos bonito, al que denomino, la candonga de los colectiveros, es decir al canto reiteradamente pesado, de cada uno de los políticos elegibles, que ensalzan sus triunfos, entiéndase promesas cumplidas, obviando las que no lo han sido, o vilipendian los que para ellos, ¡como no¡, son los fracasos de los de la oposición. En semejante berrea; término montero que describe una agresiva y pasional escandalera, no es muy importante lo que se diga, lo de menos es su contenido, lo importante de verdad es que lo que se diga, se haga con firmeza y aparente convencimiento, es sabido que una mentira suficientemente repetida puede terminar convirtiéndose en una verdad. Como indicaba, no importa lo que se diga, al fin y al cabo no deja de ser un diálogo de sordos, el más espectacular, dirigido, y bien administrado, diálogo de sordos. Un refrán verdadero como todos ellos dice, “prometer hasta meter, y una vez metido, nada de lo prometido.”
Mi madre me contaba una anécdota, que transcribo, y que define en mi opinión, de modo claro lo que he querido decir.
En una calle aledaña al centro urbano de la ciudad en la que vivo, con nombre de metal precioso, por más señas, en aquellos tiempos se ubicaba una barbería. Pues bien, de esta barbería de modo inesperado, una tarde, surgió como un vendaval un hombre joven que al parecer era un tanto débil mental; mi madre dedujo que era así, por que si bien en aquella época, las familias que tenían algún miembro en semejantes condiciones lo ocultaba como una ignominia, este joven, que según me contaba, era ancho como un armario de seis puertas, largo como un día sin pan y un domingo sin dinero, estaba vestido entre otras prendas, con un Babi, que dado el agitado paso con el que caminaba, y al estar desabrochados todos los botones salvo el del cuello, flotaba al viento, cual paracaídas de aquellos con forma de una inmensa boina, y que estaban concebidos con una doble función, la primera, la propia de parar la caída, y la segunda y no menos importante, la de consuelo moral, ya que si no se abría, cosa algo frecuente en aquellos años, pero eso si muy silenciada, al menos ayudaba el saber que dado el tamaño de la lona el costalazo a pesar de la velocidad resultaría más ternito. Calzaba unos zapatos negros, del tamaño de dos curas acostaos, curas de los de antes de los de sotanas, claro está. También me comentó, que tuvo que detener su paso, puesto que trás el joven apareció, no menos rápido, una señora que sin duda seria la suya, y que de un modo agitado, iba diciéndole,: “Manolito, ¿Dónde vas?, pero Manolito ¿has visto lo que has hecho?;” parece ser que en su deseo de libertad el joven arrancó el brazo derecho del sillón de la barbería, y al estilista de turno, le soltó una sacudida, que terminó clavándole en la espalda, uno de los muchos peines del establecimiento, mientras lo seguía le gritaba, “Manolito, como te vas a marchar a medio pelar”; en ese estado decía mi madre se encontraba Manolito, que mas que Manolito parecía Sitting Bull, Toro Sentado, Manolito tal, Manolito cual, en fin todo aquello que se le ocurría, a la pobre señora para recuperar el control sobre Manolito, que ya tenia, sin duda vestidos, esos que tienen, negros, chiquitillos, y pegaos al culo, los tigres. Haciendo caso omiso a cuanto le decía, realizaba grandes aspavientos con las manos, y en prueba de su inmenso deseo de libertad, Manolito, repetía de modo obsesivo, “¡como si no hablaras!, ¡como si no hablaras!, ¡como si no hablaras!”.
De manera que yo me pregunto ¿Cuántos Manolitos hay en la política de este país?, ¿Cuántos ¡como si no hablaras!?, ¿cuantos de esos sordos recalcitrantes?, que se empañan en no escuchar, que digo en no escuchar,¡no!¡no!, ni tan siquiera en oír, que es la peor de las sorderas, el clamor silencioso del ciudadano, que de modo discreto pero intenso, le envía permanentes, mensajes que tienen mucho que ver con su sentir, con las preocupaciones cotidianas. Lo triste, lo verdaderamente triste, es que los mensajes llegan, que no pueden aducir desconocimiento, simple y llanamente, se ignoran, se depositan en el cuarto de los trastos, “¿como osa el elector, dirigirse a mí, si no es solo para votarme?, ¡hasta ahí podíamos llegar!”.
¿Por que sucede esto?, la señora Antonia, mujer de fina sabiduría, adquirida en la lucha diaria en los trabajos más rudos, hacía uso de una frase, lapidaria y concluyente.
¡Y acá, que sabemos!
El escribidor
Enero/2008












viernes, 18 de enero de 2008

LA OBSESION, EL DESEO prologo, capitulo I

PROLOGO
La obsesión, el deseo:
No deja de ser, un ejercicio literario sin grandes pretensiones. En el que su autor, ambiciona dar forma a una historia de amor, deseo y sexo un tanto perturbadora. Desde el doble sentir de sus protagonistas.
Se describe sucintamente una época, un modo de vida, así como una sucesión de hechos, y como afectan estos, a cada uno de los personajes.
De que lo haya logrado o no, el lector es juez, y en sus manos esta la decisión, y a su libre albedrío, por lo que a su juicio lo someto.

I
Nunca pensé que lo imaginado y siempre deseado pudiese llegar a ser una realidad.
Como tantas otras , la noche se presentaba fría, si bien bajo el nórdico la temperatura era mucho mas acogedora, diría que incluso calurosa; me había acostado temprano como era habitual en mí, costumbre que producía que a su vez el despertar también lo fuese.
En el oscuro silencio de las sombras la mente entra en un letargo involuntario, en el que la realidad se difumina hasta el punto de dejar de serlo; siempre que se repetía este estado de conciencia inconsciente, me producía la misma perturbación.
Viene de lejos, de muy lejos, de cuando yo era un adolescente, mejor diría un niño, con el interno y obsesivo deseo de poseer a la hermosa mujer que era la madre de un amigo mío.
Nací y me crié en época dura, en un país rudo. Muchas eran las carencias de todo tipo, los jóvenes como yo, apenas si podíamos permitirnos lujos ningunos; más bien podría decir que el único lujo que podía consentirme era soñar, soñar no costaba dinero, si bien, también existían limitaciones en esto, en una sociedad tan opresiva, negra y deprimente como de la que hablo. Asimismo, había un tipo de sueños ilícitos, castigados con el fuego de los infiernos: los amatorios y sus gratas sensaciones.
A ciertas edades, y de modo totalmente natural, las hormonas van produciendo en el ser humano grandes cambios físicos, que causar, el despertar de éste al mundo de los sentidos y de las emociones. Estos cambios, se acentúan notablemente en el macho de las especie humana relegando a segundo término todo aquello que no tenga que ver con el deseo, siempre insatisfecho, de abrazar, acariciar, besar, o poseer a una hembra de la misma especie, con el atávico y único fin de procrear, “según dicen”. Desde luego opino que el deseo, no deja de ser sumamente atávico y por supuesto, siempre, íntimamente, insatisfecho.
En estas suertes andaba, acentuadas las mismas, por el descubrimiento luminoso y único que tuvo lugar a la temprana edad de 12 años, cuando jugando distraídamente con mi pequeño miembro, éste creció hasta un tamaño inusitado, y de modo explosivo, un día sentí y disfruté, de mi primer orgasmo; consecuencia de lo que más tarde, conocería como masturbación o de manera más coloquial, “paja”, denominación de un alimento agrario, que ni el mejor de los jamón de pata negra podrá nunca llegar a superar.
Como decía, en esas vicisitudes me hallaba, reprimiendo duramente los deseos que despertaba en mí la espléndida madre de mi mejor amigo, mi amigo del alma, por el que sentía el mismo afecto que podía sentir por un hermano.
No era una mujer espectacular, nunca lo fue, y mucho menos si la comparamos con los cánones actuales, pero eso sí, sensual, deseable e irresistible para mí.
En las cortas luces que me permitían mis 15 años, me daba perfecta cuenta de cuanto he descrito, lo que aumentaba más si cabía mi confusión. Sabía que no estaba bien el deseo que sentía, la atracción física insana e irreprimible que motivaba el estar rondándola siempre cerca, como depredador hambriento a la espera de la ocasión propicia, para lanzarse sobre su presa; pero eso sí, manteniendo siempre, una prudente distancia, pues si mi pasión era inmensa, más lo era el temor de que tomase conciencia de ésta, y me obligara a separarme de ella, y no poder mirar más su amada figura, ni acariciar sus senos blancos, tiernos, dulces, cálidos, de pezones henchidos, y dispuestos a recibir el degustar de mis ardorosos labios, me resultaba insoportable. Todo lo dicho, claro está, fruto de mi imaginación. La realidad estaba limitada al tamaño de sus senos, las innumerables veces que los había mirado de soslayo, y el uso frecuente de esta imagen, para la consecución de ocultas y muy gratas metas, motivaría, que con posterioridad, pudiese comprobar que mis cálculos habían sido perfectos.
Pero ¿como acercarme sin producir su rechazo inmediato? La duda, la maldita duda, estaba consiguiendo que tomase conciencia de que éste era un problema difícil de solucionar. En mi imaginación había ideado absurdas e imposibles modos de hacerlo, cada vez más confusos, esta situación me martirizaba, me angustiaba, me irritaba, me agriaba el carácter. Además, forzosamente tenía que ser discreto, y que mi pasión no la detectara ni ella, ni cualquier otro miembro de la familia, ni por supuesto, mí amigo Oscar.
Sólo hallaba consuelo en la intimidad de mi habitación, donde mi pensamiento vagaba libre sin límite y los lances de amor y sexo resultaban posibles, pero la cruda realidad se imponía y la frustración aumentaba finalizado el clímax.
Dicen que el amor lo puede todo, y si a éste le unimos algo de suerte y el valor que da la locura, puede llegar a producirse, como se produjo, el milagro.
Siempre he sido un manitas, y en aquellos tiempos de escasez, eso era algo que se apreciaba mucho, quiero decir con esto, que cuando se producía cualquier pequeña avería en los domicilios de mis vecinos, conocidos, o amigos, era el primero en ser requerido para dar solución al estropicio, si era posible. Total, poco perdían con hacerlo, pues nos les cobraba nada.
A lo largo de los años, habían sido frecuentes, con más éxito que fracaso, mis intervenciones, como aprendiz de todo y maestro de nada, en el domicilio de mi amigo Oscar. Cuando me precisaba, simplemente me decía: “Nano, mi madre me ha dicho que tiene tal rotura, que haber si puedes ir a repararla”. Desde ese momento, yo organizaba mi tiempo para poder ir. Como resulta comprensible, en este caso, la premura se imponía; el poder estar cerca de la mujer mas deseada por mí, dirigirme a ella, y poderla mirar directamente con un motivo, sin tener que hacerlo a escondidas y procurando esquivar cualquier mirada que pudiera resultar inquisidora, era un auténtico gozo.
Aquel día disponía de la mañana libre, las tareas hechas y el comentario a mis padres de que iba a realizar una reparación, con su autorización y si había suerte. A primera hora, es decir, sobre las nueve y media de la mañana, me personé en la casa de Oscar, recuerdo que era miércoles, oportuno día de la semana para ciertos menesteres, como después el tiempo me demostraría, con la suposición de que además de la madre, habría algún otro miembro de la familia; en aquel entonces eran él y tres hermanos más, de lo que sí estaba seguro es de no encontrar al cabeza de familia, pues a lo largo de los años, recuerdo no haberlo visto más de un par de veces, pero cual no sería mi grata sorpresa, cuando respondiendo a mi llamada a la puerta, abrió mi amada, con un peine en la mano, al verme dijo: “Nano, entra, en la cocina hay una fuga en el desagüe, pierde agua cuando vació el fregadero, ahora voy, estoy terminando de vestirme, míralo pero no hagas nada que te voy a preparar de desayunar”. Desayunar, magnífica palabra, el momento más grato del día para mí. cada mañana, mi padre y yo, seguíamos el mismo ritual en el desayuno: me sentaba a la mesa y comenzaba este, comiendo tostadas con aceite y bebiendo café con leche, cuando finalizaba mi ración de rebanadas decía: -papá si me prepararas unas pocas más terminaría el café que me queda- que obviamente, había procurado reservar , mi padre así lo hacia ; cuando concluía el café decía: -papá, con un poquito, terminaría estas tostadas- y mi padre me lo preparaba , y del mismo modo, un par de veces o tres, dependiendo del día, hasta que cuando iba proponer –papá…-, me interrumpía diciendo: -lo que sobre para el perro-, naturalmente, nunca sobraba nada.

Fui a la cocina, me agaché y de inmediato localicé donde estaba el problema, una junta de goma, que unía el desagüe al fregadero, no estaba ajustada; avería fácil de reparar. No hice nada y me senté a esperar mi desayuno; la guerra es la guerra, y un buen desayuno no podía rechazarse. Trascurridos unos minutos apareció ella, no mentía, venia de terminar de arreglarse; en esa época, los artilugios, ungüentos, mejunjes, y otros que hoy en día existen, para resaltar y en algo restaurar la belleza de la mujer, eran escasos, ¿por que eran escasos?, por que eran caros y su uso estaba restringido a momentos especiales. Cuando la vi mi corazón dio un vuelco, estaba tan bonita, tan apetecible, tenia una tez ligeramente morena, de aspecto suave y tersa, unos acaramelados ojos de mirada triste pero preciosos, unos labios de un tenue color rosado, e inconscientemente lascivos, un cuello largo y firme destinatario de miles de mis besos en momentos de ensoñación; un cuerpo curvilíneo, exuberante, voluptuoso, en el que la rotundidad de sus senos resultaba evidente e incitadora; y que decir de sus piernas: bellísimas, siempre embutidas en unas medias de tejido algo grueso, de colores claros asalmonados, rematadas en zapatillas de paño estampado con pequeñas cuñas en la suela. En las contadas veces que la había visto con zapato de tacón alto, éstos siempre estaban acompañados de medias, de las llamadas en la época, de cristal que tersaban las piernas, complementando el sensual y atrayente caminar que producían este tipo de tacones.
Entró en la cocina diciéndome:- Nano, ¿ya sabes que es lo que ocurre?- le dije que sí, -pues espera a tomarte el desayuno antes de hacer nada-. Se movía constantemente, de un lado a otro, cogiendo y soltando lo necesario para prepararlo. Yo la miraba en silencio disfrutando de tenerla tan cerca y para mi solo, cuando terminó se sentó. Mientras desayunaba no dejaba de mirarla, tuve la sensación de que se dio cuenta de cómo la deseaba, y en mi enajenación creí ver en su mirada un cierto aire juguetón y comprensivo. Terminamos de desayunar y le pedí que me diese la caja de las herramientas para iniciar el trabajo de reparación, la caja estaba tras de mi, en un pequeño habitáculo que servia de despensa en la cocina. No sé por qué no me indicó que la cogiese yo, pues sabía que sabría muy bien donde hallarla; pero no lo hizo, lo hizo ella misma, y al pasar junto a mí, su cuerpo, su armonioso cuerpo, me rozó profusamente, mejor diría, se deslizó sobre el mío, con el tiempo oportuno para transmitirme su calor. Esto me desequilibró, puso mi alma a mil por hora y me provocó una erección, de tal calibre, que por mucho que quise evitarlo resultó del todo imposible que no se notase. Confuso y aturdido, decidí concentrarme en el trabajo que había que hacer, rápidamente, tomé las herramientas y me puse a ello, pero no tuve en cuenta la posición en que tenía que realizarlo, cara arriba con medio cuerpo dentro del mueble del fregadero y el otro medio completamente expuesto a la mirada de ella; cuando caí en la cuenta ya estaba manejando la llave inglesa en la posición indicada, y mi erección resultaba ser el punto más prominente y destacado del horizonte cercano. Ante la manifiesta incapacidad para controlarla asumí que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible, como decía mi paisano el gran torero Rafael Guerra “guerrita”, también intenté, por todos los medios, concentrarme en lo que estaba haciendo pero sin conseguirlo del todo. En mi postura, veía pasar constantemente sus piernas, que resultaban imán para mi mirada. Todo se complicó cuando le pedí que sujetase por arriba la boca del desagüe mientras yo lo apretaba por abajo, esto causó que se arrimase al fregadero y sus piernas quedasen ubicadas muy cerca de mí. En la situación en la que me encontraba creí ver, ya que no vi, el trozo de piernas no cubierto por las medias y el tono negro de su ropa interior; la bomba estaba preparada y detonó de modo irremediable.
Finalizada la tarea solté la llave, y sin pensarlo, armándome de un valor que no tenia, me agarre a sus piernas, y llevando a cabo un escorzo, salí de debajo del fregadero sin liberarlas como si fuesen un mástil. Me fui poniendo de pie, deslizándome sobre su costado, hasta situarme a la altura de su cintura, fijándome a ella con mis brazos, como si en ello me fuera la vida. Mi cabeza quedó apoyada sobre sus senos acogedores, mi boca a escasos centímetros de su adorado cuello; en esos momentos, creí que actuó como actuó por que mi reacción la había sorprendido, después, supe que no. No podía retroceder, estaba entre la pared y yo, me miraba de modo serio pero no decía nada; sin aflojar la tenaza de mi mano derecha sobre su cintura, fui desplazando mi mano izquierda hacia abajo, a la busca de sus nalgas, dando por hecho, que en cualquier momento despertaría del sueño que estaba viviendo con una sonora bofetada, o dos, o tres, que con toda razón me daría. Pero no fue así, sólo me miraba. En mí huida hacia delante, pensé, que más da que las bofetadas te las den por unas nalgas que por algo más, y así, cambié la tenaza a mi mano izquierda y la derecha fue a situarse entre sus piernas. Mi mano apreció la calidad, deslizante, del tejido de sus medias y una cierta resistencia a separarlas. La miré, seguía sin decirme nada, solo tenia fija su mirada, algo indiferente, en mí. No me lo creía, no era posible, aún no me había soltado las bofetadas que me esperaba. No tenía más manos, no me atrevía a soltarla por miedo a su huida, quería tocar sus pechos, sentirlos entre ellas, pero en todos lados no podía estar. La resistencia se acentuaba; con mi mejilla izquierda acariciaba sus senos. No podía hacer nada más, sólo besarla, y así lo hice, comencé a besarla en el cuello, de modo relajado y absorbiendo cada sensación que su cuerpo me trasmitía, observé, que la resistencia desaparecía paulatinamente, lo que permitió que mi mano derecha ascendiera lentamente hacia el objetivo de acariciar sus partes más íntimas. En determinado momento dijo, -déjame-, no le hice caso, es más, giré y me situé frente a ella abrazándola, apretándola, estrujándola en un ciño enardecido; la mano derecha regresó a la tarea de intentar llegar a su sexo, en el camino encontré las ligas, punto en el que finalizaban las medias, y por primera vez sentí en mi mano la finura de su piel, y el calor de su carne. Inició un movimiento de oposición y resistencia. Yo me dije, ha llegado el momento de las bofetadas. Da igual, pensé resignado, -bésala, bésala en la boca-. No dudé y la besé, y di comienzo a una penetración imposible por estar vestidos. Teniéndola frente a mí y a mi tremenda erección, con un reiterado movimiento basculante fui venciendo su oposición, y abrió totalmente las piernas. Su voz susurraba largos gemidos, su cuerpo produjo un desmedido espasmo que coincidió con el mío al eyacular. Tras él, languideció hasta el punto de que la deposite amorosamente sobre una silla pues corría el riesgo de caer, en esa posición seguí besándola como un enajenado, mis manos exploraban su cuerpo, apreté sus senos, comprobé su dureza, acaricie su sexo, hallé la ropa interior completamente mojada por su jugo y quise que desplazase sus manos hacia mi pene, que me tocase, que me amase, que notara que estaba fuera de mí por ella. No lo conseguí, me ignoró, ni tan siquiera devolvió uno de mis desenfrenados besos. Cuando se recuperó solamente dijo, de modo un tanto seco, -vete, no quiero verte más-, su mirada reflejaba pánico, no lo entendí. La obedecí sin chistar, recogí las herramientas, las deposité en su lugar, y pretendí darle un beso de despedida en la boca; no lo permitió, apartó la cara y con un gesto me indicó la puerta. Sin decirle adiós tomé la salida y me marché.
Desde entonces la obsesión me ha perseguido, y a pesar de haber superado sus síntomas y el tiempo trascurrido, el desorden aún permanece.
Aquel día debía de haber sido tremendamente feliz. Era un hombre en todo el sentido de la palabra, había tenido una mujer, la había besado, la había tocado, había temblado entre mis brazos, mis labios habían resultado fríos al unirse con los suyos, abrasadores, y por último, desfalleció por el placer que, mi penetración sin penetración le produjo, pero había algo que no encajaba y que me causaba una sensación agridulce. No me gustaría resultar pedante pero todas estas cosas no tan cotidianas hoy, resultaban imposibles en la sociedad de mis 15 años, y más, realizadas por un niño de 15 años por muy hombre se consideraba. Podía estar satisfecho pero no lo estaba .Todo fue obra mía, ni un sólo gesto, ni una sola caricia, nada que demostrase aprecio ni cariño por mi. Un solo mimo por su parte, y habría terminado por ser su prisionero, sin cadenas y sin rejas, como esclavo. En mi mente, siempre analítica, la idea de haber sido tratado como un objeto, se fue abriendo camino, y empezó, a obsesionarme. Concluí que no era tan hombre, que realmente era un niño, sin ninguna experiencia, que una mujer muy mujer había utilizado para satisfacer sus ocultos deseos. Y esto no me gustó; lo agrio superó al dulce, y de ese modo fue durante, mucho, mucho tiempo.

LA OBSECION, EL DESEO capitulo II

II
Debo de reconocer que si bien la experiencia dejó heridas profundas en mi ánimo, también aportaría la práctica que me permitió dar pasos de gigante en mi realización personal y en el desarrollo del instinto cazador, que el macho de la especie humana necesita, para desenvolverse, en la selva despiadada y competitiva, a la búsqueda de la hembra receptiva, que la vida le impone.
Lamiendo mis heridas con lamentos callados, fui dejándome arrastrar por los caminos que me marcaba la subsistencia, lanzando, eso sí, dentelladas glotonas a toda cuanta presa pasaba cerca de mi cazadero; sin piedad y ajeno a cualquier otro dolor, que no fuese el mío. Pero hubo alguien que percibió mi secreto, me decía, -Nano, tu mirada tiene la tristeza, que la dureza y falta de luz en el corazón ocasiona, y esa luz sólo la apaga una mujer, al igual que ella misma es la única que puede engendrar también esa dureza- , hablaba la voz de la experiencia, era una de ellas, alguien, de quien aprendí de un encontronazo, todo lo que debí de haber aprendido paulatinamente a lo largo de algunos años de mi existir, y que merece otra historia, no sólo por lo definitiva que resultaría en la formación de mi personalidad, si no por la concluyente influencia que tendría en mi comportamiento futuro. Solo diré, que fue la mujer que me enseñó a separar el amor del sexo puro y duro, de un solo golpe.
Tuvieron que pasar algunos meses, siete exactamente, pero una mañana, de modo inesperado, mi amigo oscar me dijo: -Nano, mi madre me ha dicho que tiene un problema con un interruptor de la luz, ¿que si puedes llegarte a arreglarlo?-. No le estaba prestando atención en esos momentos, pero en mi mente aquellas palabras fueron como un trueno ensordecedor, y de repente volvieron a mí los recuerdos que a lo largo del tiempo había intentado enterrar y cubrir de polvo en mi olvido. Poco faltó para contestar a mi amigo de modo un tanto desabrido: -que llame a un electricista-, pero esa respuesta hubiera estado del todo fuera de lugar, mi amigo, mi amigo del alma, no sólo no se la merecía, sino que estoy seguro que no la habría entendido, como en tantas cosas, el tiempo me demostraría que me equivocaba. No dije nada, me callé pero en mi fuero interno decidí que no iría, no estaba dispuesto a aguantar, volver a ser tratado como lo fui, y sobre todo, tratado de ese modo por alguien por quien yo hubiese dado la vida.
Pero la mente discurre acciones y actitudes que con posterioridad el alma torna. Creí que mi amor estaba controlado y encerrado en una caja fuerte, muy fuerte. Nada más lejos de la realidad, una simple llamada suya y acudí como manso cordero.
La noche, habitual compañera de mis insomnios, se permitió en aquella ocasión acentuar su compañía y no dejarme dormir. En la mañana muy temprano, acicalé mi aspecto y me ausenté de casa antes haber llevado a cabo el ritual del desayuno con mi padre, por miedo a que se diera cuenta de mi nerviosismo. Mi padre era hombre y era mi padre, y sin duda me habría preguntado de modo directo, y no le hubiese podido mentir. En los últimos tiempos, en más de una ocasión me había dicho -¿te pasa algo hijo?-, bien sabía él que sí, aunque mi respuesta siempre hubiese sido la misma, una negativa.
Mientras caminaba de modo distraído hacia la casa de Oscar, caí en la cuenta que era miércoles, otro miércoles. Eso me produjo mal sabor de boca, pero a lo hecho pecho, ya estaba frente al portal de la casa de mi amigo; mientras subía las escaleras recordé el mismo camino a la inversa realizado meses antes, y el proceso de transformación personal al que dio inicio. El recuerdo templó, mejor dicho, enfrió mi espíritu, al menos, eso pensaba. Llamé a la puerta que se abrió de un modo inmediato, como si quien abría hubiese estado esperando la llamada; entonces la ví, y mi ser se convulsionó de modo sísmico, se convulsionó mi cuerpo con una gran sacudida, y se convulsionó mi mente con una gran confusión. Estaba bellísima como siempre, parecía estar arreglada a la sazón, pero nada exagerada, sus pómulos y mejillas denotaban un suave maquillado, en sus labios una ligera capa de color, y en sus ojos, en sus conmovedores ojos, una tenue sombra que les daba profundidad, por último, su pelo siempre bien peinado, lo estaba pero con una languidez, que al caer sobre los hombros propagaba su juventud. No creo haber mencionado, que era una mujer de treinta y ocho asombrosos años. La expresión de su cara no tenia nada que ver con la última que recordaba, era sonriente de semblante y de mirada, el tono de su voz también había cambiado, del seco –vete, no quiero verte más-, pasó a –Nano, hijo mío, has crecido mucho, estás más guapo, entra-, y se hizo a un lado para franquearme el acceso. Lo de hijo mío, no me cayó bien, yo no era su hijo, era su macho, bueno, aún no lo era pero estaba dispuesto a llegar a serlo, estaba dispuesto a demostrarle que no era un niño, que ya no lo era, que era un hombre, que gracias a otra mujer que me lo habían enseñado todo, la iba a instruir en lo que era el amor y en lo que era el sexo. Cuanta estupidez por mi parte, cosas de niño. Traspasé el umbral y, de modo algo seco, le dije -Usted también lo está-, obtuve un gracias por respuesta. Caminaba por el pasillo, delante de ella, hacia la cocina; oí como cerraba la puerta tras de mí y me seguía, ese camino lo había realizado miles de veces, pero con su imagen vestida con aquel delicado y elegante atuendo abotonado de principio a fin, y que facilitaría mi perverso plan, me resultó absolutamente extraño. Llegué al recinto y dirigí mis pasos a recoger la caja de herramientas, y mirándola a la cara indagué -¿donde esta la avería?-, la expresión de su rostro y de su gesto era otra, más seria, más triste, había detectado mi tono cortante, me respondió -en el dormitorio-, y sin más, me precedió hacia él. Mi cerebro no descansó ni un solo instante desde que la vi, calculando cual sería el momento más oportuno para ejecutar mi propósito, intuía que estaba cerca y si no lo estaba me daba igual, yo tomaría la decisión. Llegamos al dormitorio siempre precediéndome, dejé las herramientas en el suelo y resolví llegado el momento: la abracé suave, de modo conciente, por la cintura por si quería huir, con mi mano izquierda, mientras la derecha entraba a saco bajo el vestido y entre las bragas buscando su sexo, que encontré empapado y pleno, y en el que me detuve acariciándolo con mis dedos diestros; conseguido este objetivo, retiré el brazo de la cintura y dirigí éste hacia arriba, hacia el principio de sus pechos e introduje mi mano entre ellos localizando sus pezones que acaricié y noté como aumentaban su tamaño notablemente. Su cuerpo lo tenia pegado al mío como si fuésemos uno solo, mi erección, aún prisionera, se hacia notar en sus posaderas, mientras que mi boca mordía sus orejas y besaba su maravilloso cuello por detrás, murmurándole palabras de amor y de deseo. Comencé a escuchar gemidos susurrantes por su parte, en ese momento la solté y retire de mi, y del mismo modo seco y lacónico anterior, pregunté -¿cuál es el problema?-, el desconcierto rigió su comportamiento desde ese momento, me indicó que era la llave interruptor de la luz, y se quedó a mi lado sin decir ni hacer nada. Comencé a retirar la llave para su sustitución, no tenia arreglo. Estaba cerca de mí, mejor diría, junto a mí, pegada a mi, como ausente. Solté la herramienta y comencé a abrirle, con ambas manos, el traje lentamente, botón a botón, queriéndole decir -si quieres, márchate, hazlo, eres del todo libre-. Cada botón desabotonado me acercaba más y más a la consecución de un sueño, ver sus pechos, ratificar sus formas. Ella no se movía, fue enrojeciendo a medida que iban quedando al descubierto su cuerpo, continué desabrochando, no sin gran esfuerzo de control por mi parte, deseaba hacerla mía, en ese momento, comérmela, llevarla dentro para siempre, mi corazón podía romperse de un instante a otro; la pasión, el deseo, el amor, de seguir así, terminaría matándome, hasta llegar al final. Mis manos, a ambos lados del vestido, lo separaron con delicadeza, con ansiedad contenida, por fin, su imagen desnuda para mí, pero la ropa interior blanca me impedía la total visión de sus idolatrados pechos y de su siempre añorado sexo, si bien este último se adivinaba en la transparencia que la diferencia de tono producía. La miré, di un paso hacia atrás para poderla ver mejor y quedé extasiado, la miré tanto que por algunos momentos no conseguí verla, faltó bien poco para caerme al suelo, de los sentimientos encontrados y la emoción que sentía; me repuse y le dije -siéntese en el borde de la cama- obedeció sumisa; la miré de nuevo en esa posición y me pareció una diosa, no me pareció, era una diosa.
Debía conservar la calma, se hacia totalmente necesario conservarla. En los pasos que daría a continuación estaba el resultado. Respiré a fondo y dando la vuelta, regresé al trabajo, terminé de quitar el interruptor y volviéndola a mirar, le tomé la barbilla con mi dedo índice y acercándome sus labios a los míos, deposité un etéreo pero intenso beso y le dije -voy a comprar el interruptor, te amo-, solté su rostro y emprendí el camino hacia la salida, de modo intencionado me detuve y comente-mis hembras, las que son mis hembras, saben qué cuando las requiero, tienen que estar para mí completamente desnudas, quiero tomar lo que es mío sin nada que me moleste-. ¡Que petulancia vana!. Y continué saliendo.
Bajé a la calle sintiendo gran inquietud, esperanza, y curiosidad. Compré el interruptor y regresé, me decía, la suerte está echada, éste puede ser el día más feliz de tu corta vida o el más triste. Dependía de un hilo, no se trataba de sexo, puedo asegurarlo, de eso estaba bien servido en todas sus modalidades, personales, o pluripersonales. Era algo más, era poder, y sobre todo, era amor con un punto de locura. Llamé, tardó un poco en abrir, le espeté, -¿pasa algo?, ¿Por qué has tardado tanto?-, -Ya lo verás- fue su respuesta. Caminé al dormitorio y abordé mi trabajo, absorto en él la escuche decirme, -Nano ¿me requieres?-, no la comprendí bien, me giré y la imagen más linda que había visto en la vida estaba frente a mi, ella, totalmente desnuda, me miraba ruborosa. Lancé un grito interior -¡Bien!-, por fin era mía. Con gesto tierno la senté sobre el borde del lecho, -Espera-, le dije y salí de la habitación. Me desprendí de mi ropa en instantes, que me parecieron eternos y regresé a la alcoba. Me miró con ojos curiosos, me recorrió por completo. Me acerqué a ella y le dije –bésala-, entendió perfectamente que le estaba diciendo que besara mi verga en erección total, y a pocos centímetros de su boca balbuceó una excusa, -Nunca lo he hecho-, la interrumpí seco, -¡bésala!-. Fue acercándosela a los labios hasta que la besó, no sin cierto remilgo. Pero yo quería más. Tomé sus cabellos como rienda y empuje su cabeza, con la intención de entrar en su boca, de inmediato opuso resistencia, se negó rotunda; yo dije, aflojando la presión, -A mis hembras, a las que son mis hembras, la primera cavidad que les he llenado con mi falo ha sido ésta-, y la solté para retirarme. No me dio tiempo, sentí el calor de su boca, mi verga, estaba en ella. Contuve mi deseo de bombear dentro, la extraje, era suficiente para mí el gesto que suponía la felación. No quería ofenderla, no quería humillarla. Mis brazos rodearon su cabeza, que acerque a mi bajo vientre, sintiéndola absolutamente mía. Con toda la ternura de la que fui capaz, procedí a elevarla hacia mí sin consentir que el aire pasase en lo absoluto entre nuestros cuerpos, sus pezones, sus inolvidables pezones, se convirtieron en trasmisores de su apasionamiento en el recorrido por mi complexión. Mi erección llegó a niveles, para mí, insospechados, mi cuerpo, mi mente, mi alma, mi amor no resistían más. No lo demoré, la empujé sobre la cama y me dejé caer sobre ella y de un solo golpe entré en su lubricada vagina.
El camino de la locura, de esa manera podría sintetizar lo sucedido a partir de ese momento. Besé como loco cada punto de su cuerpo, una y un millón de veces. Sus ojos fueron para mí, faros que me guiaron a su interior, por ellos pude ver el deseo, la pasión, el éxtasis, la libertad, la paz; me permitieron vivir junto a ella todas sus emociones, sus instintos más primarios y disfrutar del placer de su placer. Cabalgué sobre su cuerpo cuanto me apeteció, en la seguridad de que mi apetencia era compartida. El tacto me descubrió un, en apariencia inexistente, mundo de sensaciones en su piel. El gusto halló sabores calificables de ambrosías. El olfato, el olfato me descubrió su olor, ¡qué más apuntar!. El oído, gemidos y susurros inolvidables. Y la vista que podría decir de la vista, ver todo, verla toda, vernos, locos, y amarnos. Mi momento final se acercaba, ella lo intuyó, su pasión, se había visto satisfecha en al menos tres ocasiones, en las que había custodiado con amor su lasitud. Estaba dentro de ella, sus piernas rodeaban mi cuerpo, cuando percibió mi venida las abrió y me dijo –Sal- la ignoré, ella insistió -por favor, sal-, sabia que llegaba, su tono fue desesperado, -¡sal!, ¡sal!, me vas a embarazar-, mientras lo decía intentaba, por la fuerza, que bajase de su cuerpo. Me opuse, incluso sujeté mis manos, fuertemente, a las sabanas mientras presionaba mi miembro dentro de su sexo, con lentos movimientos de bombeo percibí que mi corrida estaba llegando, sentí una tremenda necesidad de besar su boca, máxime, sabiendo como sabia, que el beso era para esta mujer el sumum del placer y del amor. Y me corrí y se corrió languideció y languidecí.
Pero no me pasaron desapercibidas, unas saladas lágrimas que recorrieron sus mejillas. Cuando se fue recuperando con voz entrecortada dijo, -Nano, hijo mío, me has dejado embarazada-. No lo aguanté más, -No soy tu hijo- dije- soy tu macho, el macho que acaba de follarte, y que ha hecho que te corras cuatro veces y si te he dejado embarazada me da igual, esta noche que te folle y se corre en ti él, y de ese modo, si hay niño no sabrás nunca de quien es-. Una nube negra ensombreció la que hasta mis palabras había sido una preocupada pero luminosa mirada. Pareció encogerse y el pánico, aquel pánico que recordé de antaño en su mirada, se hizo presente. Tomé conciencia de lo cruel que había llegado a ser, y su pánico fue mi pánico. La abracé, la acuné, la mecí, la arrullé, le dije, llorando como el niño que era, que me perdonara, que la amaba más que a nada del mundo, que no resistía verla triste, que no se preocupara que no se iba a quedar embarazada y que si quedaba y había algún problema ahí estaba yo para partirme el alma por ella y por mi hijo. Tomó mi cabeza acariciándola entre sus pechos y comenzó a besarme lentamente en un principio y perturbadamente después mientras profería insistentemente, -¡Como te amo, como te amo!-.
Y la locura comenzó de nuevo. Deje de tener conciencia real de lo que pasó, la locura comenzó de nuevo enardecidamente. La tomé entre mis brazos y entré en ella que me recibió en totalidad, sin reserva alguna. Cabalgué su cuerpo, cabalgó mi cuerpo. La recorrí con mis manos sin dejar atrás un solo centímetro. Excavé cada oquedad, degusté la exudación bajo sus pechos. Abusé como niño lactante de sus pezones. Y por fin deposité mi semilla sin refrenamiento alguno. El lecho quedó desecho por el fragor de la incruenta batalla, y los contendientes, exhaustos. Finalmente se impuso la paz y la razón. Lorena dijo, -mi amor se hace tarde, y tengo que preparar la comida para él, debemos terminar y marcharte-. Lo entendí debíamos terminar y que la cruda realidad se impusiese, me hice cargo de la situación, me puse de pie y retomé el trabajo para el que había ido, mientras lo hacía mi pensamiento tomó conciencia de lo dura que seria nuestra vida a partir de esos momentos, amándonos en la distancia, en una distancia tan cercana y no podérnoslo demostrar, acaso tan sólo con la mirada, sin un tacto, sin un gesto, sin un beso. Me conjuré a mí mismo en la obligación de reprimirme en todo aquello que pudiera poner en entredicho el buen nombre y tranquilidad de mi amada, aunque en ello me fuera la cordura. Tenia la conciencia de que se avecinaban tiempos sufridos. El primer mes sabía que la inquietud espantaría mi sueño, el miedo, la responsabilidad atenazarían mi estomago. Forzadamente tendría que permanecer callado y no podría interrogar su estado. La angustia casi no me dejaba terminar lo que estaba haciendo decidí pensar sólo en los inusitados momentos vividos, y mañana Dios diría. Por fin coloqué la llave interruptor, recogí las herramientas en su caja, fui a dejarla en la cocina y me dispuse a marcharme. Me estaba esperando, con los brazos en cruz como si quisiera impedirme el paso, así lo hizo y me fue acorralando sobre la pared del pasillo hasta que terminé apoyando mi espalda en ésta. No entendía nada, con diestras manos de madre, acostumbradas a vestir y desvestir niños, me bajó los pantalones cortos que llevaba puestos; en aquel tiempo no tenias derecho a un pantalón largo hasta los 16 años y tras toda una ceremonia-. Con sus manos tomó las mías y las guió hasta sus cabellos, me pidió que los tomase y abriendo su boca introdujo mi polla, milagrosamente erecta, en ella. Con suaves movimientos de bombeo de su cabeza, guiados por las riendas de su melena, a ritmo con los míos, consiguió el milagro de aun, no se de donde porque estaba totalmente seco, surgiese una inolvidable, y singular descarga de mi semilla. Sin la menor duda, una prueba de amor y sumisión irrefutable. La besé, la besé como si fuese el último beso que le fuese a dar en la vida, sabía que el próximo tardaría mucho en podérselo dar. La abracé, y con lágrimas compartidas, me separé de ella y me fui escaleras abajo.

LA OBSESION, EL DESEO capitulo III

III
Y ese, fue el comienzo de la tortura. Habrían de transcurrir diecisiete días hasta que tuve la oportunidad de poder verla de nuevo, diecisiete días que recordaré siempre como infernales, diecisiete días en los que permanentemente sentí como si una poderosa mano oprimiese mi estómago de modo despiadado, en los que, como ya había supuesto, apenas si conseguí conciliar el sueño, diecisiete días tormentosos y atormentantes.
No quería forzar la situación, y tuve que esperar a que mi amigo Oscar me dijese que fuésemos a su casa a no recuerdo qué, entramos directamente a la cocina, donde estaba, como casi siempre. No me esperaba, la estuve mirando sin que fuese conciente de mi presencia, lo hice a hurtadillas, sin perder de vista la de mi amigo. La recorrí pormenorizadamente, no detecte ningún cambio en sus formas adoradas, ¡iluso de mí! en tan poco tiempo cambios, ¡ignorante!. Cuando menos lo esperaba mi amigo mencionó -Estamos aquí-, ella dio la vuelta como un resorte, tan rápido que Oscar lanzó una exclamación -Mamá, que te vas a caer-. Ocultó su rubor e inquietud afirmando –Sí, es verdad, hijo, pero es que me he asustado, no me había dado cuenta de vuestra llegada-. Aproveché la oportunidad para sujetarla por el brazo derecho, y mirándola a sus cautivadores ojos, pregunté, reflejando la ansiedad contenida que sentía -¿Está usted bien?, ¿todo está bien?- Sus grandes ojos me contemplaron con una luz acariciadora que jamás había percibido en ellos, y me contestó -Estoy bien, no os preocupéis-. Insistí con tono más impersonal. -¿Y el interruptor que reparé. funciona bien, hay alguna novedad?-, -Está perfecto, funciona sin novedad ninguna, además aún es pronto, no creo que dé problemas algo que has puesto nuevo, de todos modos si hubiese alguna, ya te la comunicaría-. Me tranquilicé, y me concentré en mi propio muro de las lamentaciones, me lamenté de no poder tenerla en mis brazos, me lamenté de no poder besarla, me lamenté de no poder hacerle el amor, pero, sobre todo, me lamenté de no poder decirle, mostrarle, demostrarle, que era la mujer a la que más amaba del mundo, que era mi pensamiento, mis sueños, mi deseo total. Oscar cogió lo que tenia que coger y nos marchamos a la calle. Mi alma se quedó con ella.
Al mes pasado, de mi última visita, mi amigo Oscar me hizo llegar, sin saberlo, un mensaje, -Por cierto Nano, mi madre me ha dicho que el interruptor que instalaste funciona perfectamente, que estés tranquilo, que te vio preocupado e inquieto con la instalación, que la hiciste tan bien como siempre, y que como te dijo, está segura que no puede haber novedad ninguna. Ah, y que hay que ver lo que vales, que eres muy bueno, y que te quiere mucho. Estas últimas cosas, me pidió que no te las repitiera, que para eso está tu madre, que ella no quería ocupar su puesto. Yo le dije, qué tontería mamá, claro que lo are-. No me dio un infarto porque Dios no quiso, pero poco faltó.