III
Y ese, fue el comienzo de la tortura. Habrían de transcurrir diecisiete días hasta que tuve la oportunidad de poder verla de nuevo, diecisiete días que recordaré siempre como infernales, diecisiete días en los que permanentemente sentí como si una poderosa mano oprimiese mi estómago de modo despiadado, en los que, como ya había supuesto, apenas si conseguí conciliar el sueño, diecisiete días tormentosos y atormentantes.
No quería forzar la situación, y tuve que esperar a que mi amigo Oscar me dijese que fuésemos a su casa a no recuerdo qué, entramos directamente a la cocina, donde estaba, como casi siempre. No me esperaba, la estuve mirando sin que fuese conciente de mi presencia, lo hice a hurtadillas, sin perder de vista la de mi amigo. La recorrí pormenorizadamente, no detecte ningún cambio en sus formas adoradas, ¡iluso de mí! en tan poco tiempo cambios, ¡ignorante!. Cuando menos lo esperaba mi amigo mencionó -Estamos aquí-, ella dio la vuelta como un resorte, tan rápido que Oscar lanzó una exclamación -Mamá, que te vas a caer-. Ocultó su rubor e inquietud afirmando –Sí, es verdad, hijo, pero es que me he asustado, no me había dado cuenta de vuestra llegada-. Aproveché la oportunidad para sujetarla por el brazo derecho, y mirándola a sus cautivadores ojos, pregunté, reflejando la ansiedad contenida que sentía -¿Está usted bien?, ¿todo está bien?- Sus grandes ojos me contemplaron con una luz acariciadora que jamás había percibido en ellos, y me contestó -Estoy bien, no os preocupéis-. Insistí con tono más impersonal. -¿Y el interruptor que reparé. funciona bien, hay alguna novedad?-, -Está perfecto, funciona sin novedad ninguna, además aún es pronto, no creo que dé problemas algo que has puesto nuevo, de todos modos si hubiese alguna, ya te la comunicaría-. Me tranquilicé, y me concentré en mi propio muro de las lamentaciones, me lamenté de no poder tenerla en mis brazos, me lamenté de no poder besarla, me lamenté de no poder hacerle el amor, pero, sobre todo, me lamenté de no poder decirle, mostrarle, demostrarle, que era la mujer a la que más amaba del mundo, que era mi pensamiento, mis sueños, mi deseo total. Oscar cogió lo que tenia que coger y nos marchamos a la calle. Mi alma se quedó con ella.
Al mes pasado, de mi última visita, mi amigo Oscar me hizo llegar, sin saberlo, un mensaje, -Por cierto Nano, mi madre me ha dicho que el interruptor que instalaste funciona perfectamente, que estés tranquilo, que te vio preocupado e inquieto con la instalación, que la hiciste tan bien como siempre, y que como te dijo, está segura que no puede haber novedad ninguna. Ah, y que hay que ver lo que vales, que eres muy bueno, y que te quiere mucho. Estas últimas cosas, me pidió que no te las repitiera, que para eso está tu madre, que ella no quería ocupar su puesto. Yo le dije, qué tontería mamá, claro que lo are-. No me dio un infarto porque Dios no quiso, pero poco faltó.
viernes, 18 de enero de 2008
LA OBSESION, EL DESEO capitulo IV
IV
Cercano a cumplir los diecisiete, me ausenté de mi ciudad, me marché a estudiar a otra, y el contacto se fue dilatando en el tiempo. Y aunque dice el refrán que la distancia es el olvido, no seria este el caso. Mi amor, mi deseo, permaneció intacto en lo más profundo de mi ser bajo algunas leves, levísimas capas de experiencias pasionales que, irían depositando otras mujeres.
En el tercer año de mis estudios universitarios, al regreso en periodo de vacaciones, reanudé la relación, algo perdida, con mi amigo Oscar. Una de las primeras cosas que hicimos juntos, fue llegarnos a saludar a su madre. Cuando la vi después de tanto tiempo, tres años era demasiado tiempo, regresó a mí el dolor, la inquietud, la pena, la desesperación, la impotencia de la lejana, e inalcanzable, cercanía que el tiempo había ido inexorablemente menguando. Su expresión fue de sorprendida alegría, tras acercárseme y depositar en mi mejilla un par de sonoros besos, y comentar que parecía alguien totalmente distinto, me dijo -Ven quiero que conozcas al último miembro de la familia-. La seguí, entré en su dormitorio y allí estaba en la cuna, era una pequeña, mejor diría, una diminuta pero grácil criatura. Reconozco que era preciosa, bueno, debo decir que sigue siendo preciosa hoy en día, tanto como su madre. Después de este reconocimiento, corresponde decir que me sentí como un cornúdo engañado, y por esta circunstancia muy, pero que muy enfadado. Me preguntó -¿Qué te parece?, ¿a que es un sol?-, le respondí correcto pero nada afectuoso, -como usted-. Con el enfado no caí en la cuenta de que mi amigo Oscar estaba junto a mí, al escuchar mi respuesta éste dijo -¡has visto mama!, te ha galanteado, se ha hecho mayor-. Cuando le oí, me di cuenta de la metedura de pata, pero ella vino en mi ayuda diciendo, con una amplia sonrisa en su rostro, -ya me he dado cuenta hijo, no creas que es frecuente que a una vieja como yo, alguien tan jóvenes, y guapos, como vosotros la galanteen-, por la sorpresa había enrojecido y Oscar dijo –mira, mamá, se ha puesto colorado- mientras sonreía, -no ha crecido tanto-.
No dormí bien esa noche. Muy temprano me dirigí al domicilio de la que me había engañado dispuesto a pedirle explicación, del porqué me había sido infiel. No me importaba nada, así lo había decidido, quien pudiera estar.
Llamé a la puerta y ésta se abrió, pasado algún tiempo. Ella me miró un tanto sorprendida, -¡Hola!- me dijo -pasa al comedor, siéntate y espérame-. Iba decidido a interrogarla de modo agrio, me hizo esperar un rato largo, lo que avivó el aumento de mi enfado. Llegó un momento en que mis nervios y mi enfado llegaron a un punto en que no aguante más y me puse de pie, justo en esos instantes apareció en el comedor. No me dio la oportunidad de decir nada. Cogió mi cara con ambas manos y pegó sus labios a los míos, de modo tan violento y calido que me dejó sin respiración. Esto echó por tierra todo lo que estaba dispuesto a decirle, y provocó que mi enfado desapareciese de modo mágico. Respondí a su beso abrazándola con tanta pasión como ella lo estaba haciendo, la aparté de mí para poder verla mejor; tenia el cabello húmedo, pero lo que me dejó sin habla fue darme cuenta de que el cinturón del albornoz que llevaba, se había soltado y al levantar su brazos para besarme, se había abierto dejando al descubierto su cuerpo, más bello, si cabe, que la ultima vez que lo vi, algo más redondeado y de pechos más henchidos, y plenos de nutritiva leche, que hacia tres años. Ante mi cara de asombro embozó una amplísima sonrisa y me dijo lenta e insinuante -tus hembras, las que somos tus hembras, sabemos como tenemos que estar cuando nos requieres-. Reaccioné tomándola entre mis brazos, levantándola del suelo la deposité en el sofá, Sentado en él, puse su cabeza sobre mi pierna, y mientras mi mano derecha recorría su figura, y la izquierda acariciaba su amado semblante, le pregunté -¿Por qué lo has hecho?, ¿por qué has tenido un hijo con otro que no he sido yo?- Con su profunda mirada fija en mi, dijo -porque es tuyo-. Creí no haberla entendido bien -¿Cómo?-porque es tuyo-, me volvió a responder -¿Cómo es posible, si hace tres años que no he entrado en ti?-
Se incorporo y, de manera muy seria, comenzó un relato que permitiría explicarme muchas cosas de nuestra relación. Lo emprendió diciéndome -¿Recuerdas el día que viniste a reparar el desagüe?- , -Como olvidarme- respondí, -hacia tiempo que me había dado cuenta de tu mirada apasionadamente devoradora, y huidiza, y del desasosiego que sentías cuando estabas cerca de mi, me había dicho miles de veces que si realizabas algún gesto atrevido, de palabra o de obra, que tuviese que ver conmigo, primero, te pegaría un par de buenas bofetadas y después de reprenderte, te echaría y hablaría con tu madre, ¡caramba con el niño, que pronto quería ser hombre!. Desayunando ya percibí tu deseo y tu pasión, no sé muy bien porqué hice lo que hice. Cuando me pediste la caja de herramientas en lugar de decirte cógela, como sabes está tras de ti. Repito no se porqué, fui a cogerla yo, aun a sabiendas que para cogerla, forzosamente, pasaría muy cerca de ti, o incluso rozaría mi cuerpo con el tuyo. Lo que no esperaba es que ese roce resultara tan intenso. Cuando se produjo, noté la brusca sacudida del tuyo, y me dije, ¡este es el momento!, y me preparé mental y físicamente para darte las dos bofetadas y la reprimenda. Pero no hiciste nada de lo esperado, tan solo cogiste las herramientas y comenzante tu trabajo. Sin poderlo evitar, tomé conciencia de la singular erección que el contacto de mi cuerpo te había producido, para no pensar en ella, comencé a recoger las cosas del desayuno pero, de modo inevitable, volvía a mirarte a ti, bajo el mueble, y a tu prominente erección fuera de el. Me fui poniendo nerviosa y sintiéndome alagada, hacia mucho tiempo que no comprobaba tan fehacientemente, la pasión que podía despertar en un hombre aunque éste fuese todavía un niño. La seguridad que me producía esta absurda creencia, al menos en tu caso, no me permitió valorar cual seria la repercusión de mi acto, cuando cumpliendo tu mandato, me coloqué muy cerca de tu mirada, sujetando el desagüe, y las consecuencias que esta falta de apreciación produjo. Por ello, cuando agarraste mis piernas y comenzaste tu ascenso hacia mi cara, no supe o no quise, aún tengo mis dudas, reaccionar. Tu falo erecto te sirvió como un punto de apoyo más en tu camino hacia mi mirada. Lo percibí, recorriendo mi pierna hasta recavar a la altura de mi cintura, una voz, en mi interior, te gritaba -No me cojas tan fuerte, que no puedo irme. No me cojas tan fuerte que no quiero irme. Usa tus manos para recorrerme, usa tus manos para desvestirme, usa tus manos para acariciarme. Usa tus dedos al reconocerme, usa tus dedos sobre mis pezones, usa tus dedos en mis interiores. Utiliza tu ariete contra mi armadía. Rómpela, entra. Dime con locura mirando a mis ojos, siempre serás mía. Recorre, penetra, siempre serás mía. Posee domina, siempre serás mía-. Pero no hiciste nada, me agarrabas con la fuerza de alguien que teme perder algo muy valioso, de mi costado derecho pasaste a situarte frente a mi, mientras, tu ariete forrado, inició, con un ritmo lento pero continuado, a dar golpes llenos de deseo, buscando mi sexo. Me desplacé algo a la izquierda para que hallara una diana perfecta, y con el último ápice de orgullo y resistencia que me quedaba, te dije, -¡déjame!-. No me hiciste caso, mientras unía mis piernas intentando detener el ascenso de tu mano hasta él, pero entonces, comenzaste a besarme. Jugabas con ventaja, habías descubierto que tus besos, (esos besos de los que nunca me veré harta, que son como una droga incontrolable), serian la llave maestra que te daría total acceso a mí, y vencería toda resistencia. Mientras tanto, tu ariete seguía con su ritmo destructor pero inmensamente deseado. La droga fue haciendo su efecto y fue destruyendo mi entereza, flexioné algo las rodillas y abrí mis piernas para que accediera, con mayor facilidad, a su meta. Tu mano, liberada la barrera, alcanzó su propósito. Mi sexo, al notarla, se lubricó hasta el punto de empapar mi prenda interior. De modo inesperado, y totalmente dentro de mi, cesó en su golpeteo. A pesar de las prendas que los cubrían, pude apreciar la suave pero intensa descarga de su fluido, y entonces, tu boca, tu adorada boca, se unió a la mía. De la conjunción de ambas cosas surgió, el mayor y más grato orgasmo que jamás he vivido. Una corriente eléctrica recorrió todo mi cuerpo, tensó todos mis músculos, desde los dedos de los pies hasta los dedos de las manos, que sin tener claro por que sucedió, estaban en alto como mis brazos en forma de aspa en total entrega, finalizando en la más luminosa bengala que haya visto, y que cumpliendo su destino, detonó en mi celebro. Tras esto, mi cuerpo fue perdiendo su vigor y caí en la oscuridad, cuando la luz regresó, comprendí que tú me habías depositado sobre la silla, pero esa luz, esa límpida y a su vez cruel luz, también me hizo tomar conciencia de lo ocurrido y te odié. Comprendí que en tu frenesí pretendías guiar mi mano hacia tu pene, a lo que me opuse con firmeza. Por un momento, en mi imaginación, te vi en la esquina de la calle relatando lo sucedido a un grupo de tus amigos, te escuché contarles, -No veas colega, me he follado a la madre de Oscar y no veas como le ha gustado-. También les mentías diciendo, -me he comido sus tetas, le he metido la polla hasta los huevos y he tenido un corridon, que le he llenado entero su coño con mi leche-. Convencida de que esto seria así te dije, -¡Vete, no quiero verte más-. Me obedeciste, no expresaste nada. Rechacé el beso que quisiste darme en la boca, y me di cuenta de que te distes cuenta, del pánico que sentía en esos momentos. Tu expresión me devolvió una interrogante -¿Qué te pasa?-, No contesté, te escuché marchar, el chasquido de la puerta al cerrarse, daría comienzo a meses de angustia y vergüenza.
Cercano a cumplir los diecisiete, me ausenté de mi ciudad, me marché a estudiar a otra, y el contacto se fue dilatando en el tiempo. Y aunque dice el refrán que la distancia es el olvido, no seria este el caso. Mi amor, mi deseo, permaneció intacto en lo más profundo de mi ser bajo algunas leves, levísimas capas de experiencias pasionales que, irían depositando otras mujeres.
En el tercer año de mis estudios universitarios, al regreso en periodo de vacaciones, reanudé la relación, algo perdida, con mi amigo Oscar. Una de las primeras cosas que hicimos juntos, fue llegarnos a saludar a su madre. Cuando la vi después de tanto tiempo, tres años era demasiado tiempo, regresó a mí el dolor, la inquietud, la pena, la desesperación, la impotencia de la lejana, e inalcanzable, cercanía que el tiempo había ido inexorablemente menguando. Su expresión fue de sorprendida alegría, tras acercárseme y depositar en mi mejilla un par de sonoros besos, y comentar que parecía alguien totalmente distinto, me dijo -Ven quiero que conozcas al último miembro de la familia-. La seguí, entré en su dormitorio y allí estaba en la cuna, era una pequeña, mejor diría, una diminuta pero grácil criatura. Reconozco que era preciosa, bueno, debo decir que sigue siendo preciosa hoy en día, tanto como su madre. Después de este reconocimiento, corresponde decir que me sentí como un cornúdo engañado, y por esta circunstancia muy, pero que muy enfadado. Me preguntó -¿Qué te parece?, ¿a que es un sol?-, le respondí correcto pero nada afectuoso, -como usted-. Con el enfado no caí en la cuenta de que mi amigo Oscar estaba junto a mí, al escuchar mi respuesta éste dijo -¡has visto mama!, te ha galanteado, se ha hecho mayor-. Cuando le oí, me di cuenta de la metedura de pata, pero ella vino en mi ayuda diciendo, con una amplia sonrisa en su rostro, -ya me he dado cuenta hijo, no creas que es frecuente que a una vieja como yo, alguien tan jóvenes, y guapos, como vosotros la galanteen-, por la sorpresa había enrojecido y Oscar dijo –mira, mamá, se ha puesto colorado- mientras sonreía, -no ha crecido tanto-.
No dormí bien esa noche. Muy temprano me dirigí al domicilio de la que me había engañado dispuesto a pedirle explicación, del porqué me había sido infiel. No me importaba nada, así lo había decidido, quien pudiera estar.
Llamé a la puerta y ésta se abrió, pasado algún tiempo. Ella me miró un tanto sorprendida, -¡Hola!- me dijo -pasa al comedor, siéntate y espérame-. Iba decidido a interrogarla de modo agrio, me hizo esperar un rato largo, lo que avivó el aumento de mi enfado. Llegó un momento en que mis nervios y mi enfado llegaron a un punto en que no aguante más y me puse de pie, justo en esos instantes apareció en el comedor. No me dio la oportunidad de decir nada. Cogió mi cara con ambas manos y pegó sus labios a los míos, de modo tan violento y calido que me dejó sin respiración. Esto echó por tierra todo lo que estaba dispuesto a decirle, y provocó que mi enfado desapareciese de modo mágico. Respondí a su beso abrazándola con tanta pasión como ella lo estaba haciendo, la aparté de mí para poder verla mejor; tenia el cabello húmedo, pero lo que me dejó sin habla fue darme cuenta de que el cinturón del albornoz que llevaba, se había soltado y al levantar su brazos para besarme, se había abierto dejando al descubierto su cuerpo, más bello, si cabe, que la ultima vez que lo vi, algo más redondeado y de pechos más henchidos, y plenos de nutritiva leche, que hacia tres años. Ante mi cara de asombro embozó una amplísima sonrisa y me dijo lenta e insinuante -tus hembras, las que somos tus hembras, sabemos como tenemos que estar cuando nos requieres-. Reaccioné tomándola entre mis brazos, levantándola del suelo la deposité en el sofá, Sentado en él, puse su cabeza sobre mi pierna, y mientras mi mano derecha recorría su figura, y la izquierda acariciaba su amado semblante, le pregunté -¿Por qué lo has hecho?, ¿por qué has tenido un hijo con otro que no he sido yo?- Con su profunda mirada fija en mi, dijo -porque es tuyo-. Creí no haberla entendido bien -¿Cómo?-porque es tuyo-, me volvió a responder -¿Cómo es posible, si hace tres años que no he entrado en ti?-
Se incorporo y, de manera muy seria, comenzó un relato que permitiría explicarme muchas cosas de nuestra relación. Lo emprendió diciéndome -¿Recuerdas el día que viniste a reparar el desagüe?- , -Como olvidarme- respondí, -hacia tiempo que me había dado cuenta de tu mirada apasionadamente devoradora, y huidiza, y del desasosiego que sentías cuando estabas cerca de mi, me había dicho miles de veces que si realizabas algún gesto atrevido, de palabra o de obra, que tuviese que ver conmigo, primero, te pegaría un par de buenas bofetadas y después de reprenderte, te echaría y hablaría con tu madre, ¡caramba con el niño, que pronto quería ser hombre!. Desayunando ya percibí tu deseo y tu pasión, no sé muy bien porqué hice lo que hice. Cuando me pediste la caja de herramientas en lugar de decirte cógela, como sabes está tras de ti. Repito no se porqué, fui a cogerla yo, aun a sabiendas que para cogerla, forzosamente, pasaría muy cerca de ti, o incluso rozaría mi cuerpo con el tuyo. Lo que no esperaba es que ese roce resultara tan intenso. Cuando se produjo, noté la brusca sacudida del tuyo, y me dije, ¡este es el momento!, y me preparé mental y físicamente para darte las dos bofetadas y la reprimenda. Pero no hiciste nada de lo esperado, tan solo cogiste las herramientas y comenzante tu trabajo. Sin poderlo evitar, tomé conciencia de la singular erección que el contacto de mi cuerpo te había producido, para no pensar en ella, comencé a recoger las cosas del desayuno pero, de modo inevitable, volvía a mirarte a ti, bajo el mueble, y a tu prominente erección fuera de el. Me fui poniendo nerviosa y sintiéndome alagada, hacia mucho tiempo que no comprobaba tan fehacientemente, la pasión que podía despertar en un hombre aunque éste fuese todavía un niño. La seguridad que me producía esta absurda creencia, al menos en tu caso, no me permitió valorar cual seria la repercusión de mi acto, cuando cumpliendo tu mandato, me coloqué muy cerca de tu mirada, sujetando el desagüe, y las consecuencias que esta falta de apreciación produjo. Por ello, cuando agarraste mis piernas y comenzaste tu ascenso hacia mi cara, no supe o no quise, aún tengo mis dudas, reaccionar. Tu falo erecto te sirvió como un punto de apoyo más en tu camino hacia mi mirada. Lo percibí, recorriendo mi pierna hasta recavar a la altura de mi cintura, una voz, en mi interior, te gritaba -No me cojas tan fuerte, que no puedo irme. No me cojas tan fuerte que no quiero irme. Usa tus manos para recorrerme, usa tus manos para desvestirme, usa tus manos para acariciarme. Usa tus dedos al reconocerme, usa tus dedos sobre mis pezones, usa tus dedos en mis interiores. Utiliza tu ariete contra mi armadía. Rómpela, entra. Dime con locura mirando a mis ojos, siempre serás mía. Recorre, penetra, siempre serás mía. Posee domina, siempre serás mía-. Pero no hiciste nada, me agarrabas con la fuerza de alguien que teme perder algo muy valioso, de mi costado derecho pasaste a situarte frente a mi, mientras, tu ariete forrado, inició, con un ritmo lento pero continuado, a dar golpes llenos de deseo, buscando mi sexo. Me desplacé algo a la izquierda para que hallara una diana perfecta, y con el último ápice de orgullo y resistencia que me quedaba, te dije, -¡déjame!-. No me hiciste caso, mientras unía mis piernas intentando detener el ascenso de tu mano hasta él, pero entonces, comenzaste a besarme. Jugabas con ventaja, habías descubierto que tus besos, (esos besos de los que nunca me veré harta, que son como una droga incontrolable), serian la llave maestra que te daría total acceso a mí, y vencería toda resistencia. Mientras tanto, tu ariete seguía con su ritmo destructor pero inmensamente deseado. La droga fue haciendo su efecto y fue destruyendo mi entereza, flexioné algo las rodillas y abrí mis piernas para que accediera, con mayor facilidad, a su meta. Tu mano, liberada la barrera, alcanzó su propósito. Mi sexo, al notarla, se lubricó hasta el punto de empapar mi prenda interior. De modo inesperado, y totalmente dentro de mi, cesó en su golpeteo. A pesar de las prendas que los cubrían, pude apreciar la suave pero intensa descarga de su fluido, y entonces, tu boca, tu adorada boca, se unió a la mía. De la conjunción de ambas cosas surgió, el mayor y más grato orgasmo que jamás he vivido. Una corriente eléctrica recorrió todo mi cuerpo, tensó todos mis músculos, desde los dedos de los pies hasta los dedos de las manos, que sin tener claro por que sucedió, estaban en alto como mis brazos en forma de aspa en total entrega, finalizando en la más luminosa bengala que haya visto, y que cumpliendo su destino, detonó en mi celebro. Tras esto, mi cuerpo fue perdiendo su vigor y caí en la oscuridad, cuando la luz regresó, comprendí que tú me habías depositado sobre la silla, pero esa luz, esa límpida y a su vez cruel luz, también me hizo tomar conciencia de lo ocurrido y te odié. Comprendí que en tu frenesí pretendías guiar mi mano hacia tu pene, a lo que me opuse con firmeza. Por un momento, en mi imaginación, te vi en la esquina de la calle relatando lo sucedido a un grupo de tus amigos, te escuché contarles, -No veas colega, me he follado a la madre de Oscar y no veas como le ha gustado-. También les mentías diciendo, -me he comido sus tetas, le he metido la polla hasta los huevos y he tenido un corridon, que le he llenado entero su coño con mi leche-. Convencida de que esto seria así te dije, -¡Vete, no quiero verte más-. Me obedeciste, no expresaste nada. Rechacé el beso que quisiste darme en la boca, y me di cuenta de que te distes cuenta, del pánico que sentía en esos momentos. Tu expresión me devolvió una interrogante -¿Qué te pasa?-, No contesté, te escuché marchar, el chasquido de la puerta al cerrarse, daría comienzo a meses de angustia y vergüenza.
miércoles, 16 de enero de 2008
LA OBSESIÓN, EL DESEO capítulo V
V
Viví pendiente, cada vez más pendiente, de las sonrisas insinuadas, de los cuchicheos en voz baja, del deprecio en la mirada de alguien de mi entorno, de cómo podría responder si me interrogaban sobre lo sucedido, a mis hijos. Viví sumida en la desesperación y en la tristeza más profunda, avergonzada, reprochándome permanentemente mi debilidad. No quise darme cuenta de que también viví añorándote, amándote, recordando cada momento, cada instante de lo pasado. Creí perder la cordura, hasta el punto de que todos me preguntaban que me pasaba, que tenia, por que vivía en un abatimiento tan hondo. Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que todo lo que había imaginado que pasaría, no pasó. Eras un hombre, todo un hombre. Y comencé a amarte más si es, que era posible.
La escuché sin decir nada, tan sólo la miraba, y entendía y compartía su dolor silencioso, intentando demostrarle con este gesto que recorría con ella el largísimo camino de ida a la demencia y regreso a la cordura, y que la amaba sin límite.
Continuó diciendo, -cuando comprendí, que no habías dicho nada y que nunca lo harías, mis preocupaciones empezaron a ser otras. Me sentía dividida entre mi corazón que te amaba cada vez más, y mi cerebro que me decía, que era una desleal traidora.
Él conocía que cuando me pidió en matrimonio, yo no lo amaba éramos amigos de la pandilla, y estaba al tanto, fehacientemente, de quien había sido mi gran amor, al que una gran desgracia, de modo irreparable, separó de mí. Me encontraba sumida en una recóndita pena que me consumía y de la que no conseguía salir, cuando me habló de modo directo, declarándome el amor, sincero y callado, que sentía por mí desde siempre. Callado, pues conociendo lo que sentía yo, había decidido permanecer en silencio. Sincero, por que el largo tiempo de espera sin esperanza no lo mudó en lo más mínimo, sino que lo fue acrecentando, según me dijo. Se me descubrió como un hombre leal y respetuoso. De ser honrado y trabajador tenia pruebas. Tenía un buen empleo, ganaba un buen dinero, y eso era algo de lo que no andábamos sobrados en mi casa paterna. Mi padre trabajó duramente toda su vida para sacar adelante a su familia. Mi madre, mi hermana mayor, ya casada en esa época, yo y mi hermano menor, algo escaso de inteligencia; pero nunca lo consiguió del todo. Me ofreció hacerse cargo de los gastos de la boda y me convenció, que si bien sabía que no lo amaba, estaba seguro que con el tiempo terminaría por quererlo. Y tome la decisión de compartir la vida con una persona que no amaba, pero que me quería y terminé queriendo.
Me atormentaban las dudas y decidí poner fin a la situación hablándole directamente de lo sucedió, a pesar de estar segura de cuanto me jugaba, pero ya no podía seguir viviendo en el desasosiego, y los sentimientos de traición y amor que crecían constantemente, y sin medida. Habían pasado cuatro meses desde el suceso.
Provista del valor necesario, una noche en la intimidad de la alcoba le comenté lo acontecido, sin entrar en detalles, le dije -He tenido, lo que en principio consideré una aventura amorosa, pero que estoy segura, que es el amor de mi vida, con un hombre al que amo profundamente aunque tengo la certeza de que mi amor es imposible-. Me miró con mirada desorbitada, con una expresión que me aterrorizó, me obligó a que se lo repitiera y, agarró bruscamente mi cuello con sus dedos tensos, comenzó a apretarlo y llegué a lo conclusión de que me mataría. No fue así, me soltó, y levantando su mano derecha hizo el ademán de ir a pegarme una bofetada, pero no concluyó, y dejándose caer sobre su lado de la cama, escondió la cabeza entre sus manos. Se hizo el silencio en la oscuridad del dormitorio, un silencio tenso, que se podía cortar, se alargó tanto en el tiempo hasta el punto de que empecé a caer en un sueño inquieto, y en un momento, de modo violento e inesperado, lo sentí sobre mí, rompió el camisón de dormir y tomó, de modo brutal, mi cuerpo desnudo, haciéndome daño despiadadamente sin decir una sola palabra. En los veinte años que llevábamos casados, me había penetrado muchas veces pero siempre de modo correcto y delicado, este modo de actuar había hecho que en muchas de estas ocasiones, no me opusiese a que me poseyera, a pesar de que en contadas la penetración fuese placentera. Cuando descargó su furia regresó a su lado de la cama. Me sentí vejada ofendida, maltratada, unas lágrimas calladas recorrieron mis mejillas. El cansancio fue venciéndome, y caí en un sueño profundo. No sé en que momento desperté porque sus manos apartaban lo que quedaba de camisón con el que había intentado cubrir mi cuerpo, y sobre mi, otra vez, entró de nuevo, aun más violento si cabe. Y mientras me penetraba y mordía con crueldad mis labios y apretaba con saña mis pechos decía, -Dime puta, así te ha follado el tío, dime, tiene la polla tan grande y dura como ésta..- y así, hasta que se corrió dentro de nuevo. No lo pude resistir más y rompí en un llanto desconsolado. Me ignoró y regresó a su posición en la cama, yo tardé en conciliar el sueño, pero al amanecer, unos ligeros golpes de su mano me despertaron, con una mirada que para mí resultó sumamente extraña, y con la delicadeza que conocía en él, me interrogó., lo hizo con amor, con ternura, como si la luz que se abría paso, hubiera derrotado por completo la terrible y tenebrosa vigilia vivida. Con su mirada oscura, rendida e infinitamente triste me preguntó. -¿Cuanto tiempo hace de lo sucedido? Muchos meses cinco. Me pregunto ¿que si había habido posesión? ¿Qué si me hiciste tuya en totalidad? ¿Qué si me penetraste? ¿Qué cuantas veces? ¿Que si te recibí en mi boca? ¿Que si me habías hecho sodomía? Todas mis respuestas fueron negativas. De modo alterado dijo, -No lo entiendo, por favor no me vuelvas loco ¿Cómo es posible? Cuéntamelo todo, pormenorizadamente, todo lo sucedido-. Él seguía produciéndome algo de miedo, asentí y comencé mi relato. Reconozco que, en principio, procuré que éste fuese lo más aséptico posible, pero la misma narración formó imágenes en mi pensamiento tan reales, que con el recuerdo de éstas, el evocar y revivir, momentos tan apasionantes, fue todo uno. Abstraída en mí argumento, no caí en la cuenta de que mientras éste se producía, él, imitando todo lo que iba sucediendo, entró en mí. Tan absorta estaba que de no ser por sus reiteradas palabras de amor, anunciándome su llegada no me hubiese dado cuenta, Y sin poder, o quizás, sin querer evitarlo, mi cuerpo, joven y sano, tras las reiteradas penetraciones, respondió secundándolo en su venida. Ambos quedamos exhaustos tras los momentos tan intensos vividos, el silencio en las palabras y la respiración entrecortada, que se iría serenando con el mutismo, se impuso.
Apoyado sobre su codo izquierdo y mi costado derecho, mirándome fijamente, comenzó a decirme, -Por favor, te ruego que me perdones, que disculpes mi violencia de esta noche, no la he podido contener. Desde hace veinte años que nos casamos he estado esperando con terror el momento que ayer me revelaste. Pero no por esperado resulta menos doloroso. Ayer surgieron de tu boca las palabras que en multitud de ocasiones han desvelado mis sueños. Siempre he sabido que no me amabas, pero el tiempo me fue demostrando que algo me querías, y el miedo a la posibilidad de que surgiese otro hombre, que te arrebatara de mi lado, se había alejado; por eso cuando me lo dijiste, un odio destructor, y una irrefrenable meta de hacerte daño con mis propias manos, se apoderó de mí, recabando por fin ambos, en el dolor y el deseo de autodestrucción. En un primer estadio, la autodestrucción: me dije, hazla tuya sin contemplaciones, poséela, viólala, goza de su adorado cuerpo, por última vez. En un segundo estadio: el dolor, me pregunté ¿por qué me causa tanto dolor? ¿Quién es? ¿Qué tiene, que no tenga yo? ¿No lo puede hacer mejor que yo? He estado veinte años pendiente de ella, pendiente de hacerle el amor cuando entendía que estabas menos opuesta, más receptiva. Agradeciéndote cada momento, cada ocasión que me permitías entrar en ella. Y mi dolor me llevó a poseerte de nuevo diciéndote lo que te dije. Al amanecer he comprendido que si tú lo amabas tenía que ser un buen hombre. Tú no podías amar a alguien que no lo fuera, que tampoco podía ser un encoñamiento, que estaban nuestros hijos, tus hijos, que son lo que más amas del mundo. Tenia que preguntarte si era algo muy reciente o ya había pasado tiempo, cuando has contestado que cinco meses, me he dicho, la quiere, tanto tiempo sin haber tenido ningún signo de lo ocurrido. En la sociedad de los hombres, las noticias taurinas, se extienden como reguero de pólvora. Demostraba que te respetaba y si te respetaba tanto era porque te amaba. Esto para mi era la peor de las noticias. Por eso te he interrogado, por eso he indagado, por eso cuando te he notado absorta en el recuerdo de tu amado, le he hecho el amor a mi amada. Entiendo que me he comportado como un parásito y, que he vivido y sentido tu pasión para otro y, que has vivido y sentido la que para ti era la pasión de otro, pero nunca lo podré olvidar, nunca podré olvidar que por primera vez mi mujer, había sido completa entera, y conjuntamente, par mí, la siempre y, durante veinte años, añorada hembra. Te ruego que no me dejes, que sigas viviendo esta situación con la vives. Yo fingiré que no se nada. Te quiero tanto, te amo tanto, te deseo tanto que el sólo pensar que te alejes de mí me resulta inadmisible y destructivo. Quédate a mi lado, sigue junto a mí, yo seguiré siendo el hombre que siempre he sido contigo. No me abandones. No me dejes sin mis hijos y sobre todo no me dejes huérfano de ti-.
Me quedé sin palabras, me sentí la peor del las mujeres, me consideré la más cruel de las esposas, y la más infame madre. Me disponía a pedirle perdón por todo lo sucedido, cuando tapando mis labios con sus dedos, manifestó: -Sólo te pido una cosa, vive tu amor apasionado con ese hombre, pero cuando la pasión te lleve a la total entrega, dímelo y permite la mía. No quiero sentir la terrible duda de que si hay niños sean o no míos. Siempre serán míos-. Le contesté que lo comprendía, que nunca tendría un hijo que no fuese suyo. Se preparó y se marchó a trabajar.
No esperaba este tipo de narración. Me dejó pensativo, había crecido lo suficiente para comprender la prueba de amor que acababa de escuchar. Al comienzo del relato los celos, los estúpidos celos, me habían hecho sentir que él estaba utilizando algo que me pertenecía. Cuando terminó, de haber sido posible, le hubiese estrechado la mano, profusamente, reconociéndole el amor sin medida que sentía por su mujer, y su hombría de bien. Comencé a respetarle.
Viví pendiente, cada vez más pendiente, de las sonrisas insinuadas, de los cuchicheos en voz baja, del deprecio en la mirada de alguien de mi entorno, de cómo podría responder si me interrogaban sobre lo sucedido, a mis hijos. Viví sumida en la desesperación y en la tristeza más profunda, avergonzada, reprochándome permanentemente mi debilidad. No quise darme cuenta de que también viví añorándote, amándote, recordando cada momento, cada instante de lo pasado. Creí perder la cordura, hasta el punto de que todos me preguntaban que me pasaba, que tenia, por que vivía en un abatimiento tan hondo. Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que todo lo que había imaginado que pasaría, no pasó. Eras un hombre, todo un hombre. Y comencé a amarte más si es, que era posible.
La escuché sin decir nada, tan sólo la miraba, y entendía y compartía su dolor silencioso, intentando demostrarle con este gesto que recorría con ella el largísimo camino de ida a la demencia y regreso a la cordura, y que la amaba sin límite.
Continuó diciendo, -cuando comprendí, que no habías dicho nada y que nunca lo harías, mis preocupaciones empezaron a ser otras. Me sentía dividida entre mi corazón que te amaba cada vez más, y mi cerebro que me decía, que era una desleal traidora.
Él conocía que cuando me pidió en matrimonio, yo no lo amaba éramos amigos de la pandilla, y estaba al tanto, fehacientemente, de quien había sido mi gran amor, al que una gran desgracia, de modo irreparable, separó de mí. Me encontraba sumida en una recóndita pena que me consumía y de la que no conseguía salir, cuando me habló de modo directo, declarándome el amor, sincero y callado, que sentía por mí desde siempre. Callado, pues conociendo lo que sentía yo, había decidido permanecer en silencio. Sincero, por que el largo tiempo de espera sin esperanza no lo mudó en lo más mínimo, sino que lo fue acrecentando, según me dijo. Se me descubrió como un hombre leal y respetuoso. De ser honrado y trabajador tenia pruebas. Tenía un buen empleo, ganaba un buen dinero, y eso era algo de lo que no andábamos sobrados en mi casa paterna. Mi padre trabajó duramente toda su vida para sacar adelante a su familia. Mi madre, mi hermana mayor, ya casada en esa época, yo y mi hermano menor, algo escaso de inteligencia; pero nunca lo consiguió del todo. Me ofreció hacerse cargo de los gastos de la boda y me convenció, que si bien sabía que no lo amaba, estaba seguro que con el tiempo terminaría por quererlo. Y tome la decisión de compartir la vida con una persona que no amaba, pero que me quería y terminé queriendo.
Me atormentaban las dudas y decidí poner fin a la situación hablándole directamente de lo sucedió, a pesar de estar segura de cuanto me jugaba, pero ya no podía seguir viviendo en el desasosiego, y los sentimientos de traición y amor que crecían constantemente, y sin medida. Habían pasado cuatro meses desde el suceso.
Provista del valor necesario, una noche en la intimidad de la alcoba le comenté lo acontecido, sin entrar en detalles, le dije -He tenido, lo que en principio consideré una aventura amorosa, pero que estoy segura, que es el amor de mi vida, con un hombre al que amo profundamente aunque tengo la certeza de que mi amor es imposible-. Me miró con mirada desorbitada, con una expresión que me aterrorizó, me obligó a que se lo repitiera y, agarró bruscamente mi cuello con sus dedos tensos, comenzó a apretarlo y llegué a lo conclusión de que me mataría. No fue así, me soltó, y levantando su mano derecha hizo el ademán de ir a pegarme una bofetada, pero no concluyó, y dejándose caer sobre su lado de la cama, escondió la cabeza entre sus manos. Se hizo el silencio en la oscuridad del dormitorio, un silencio tenso, que se podía cortar, se alargó tanto en el tiempo hasta el punto de que empecé a caer en un sueño inquieto, y en un momento, de modo violento e inesperado, lo sentí sobre mí, rompió el camisón de dormir y tomó, de modo brutal, mi cuerpo desnudo, haciéndome daño despiadadamente sin decir una sola palabra. En los veinte años que llevábamos casados, me había penetrado muchas veces pero siempre de modo correcto y delicado, este modo de actuar había hecho que en muchas de estas ocasiones, no me opusiese a que me poseyera, a pesar de que en contadas la penetración fuese placentera. Cuando descargó su furia regresó a su lado de la cama. Me sentí vejada ofendida, maltratada, unas lágrimas calladas recorrieron mis mejillas. El cansancio fue venciéndome, y caí en un sueño profundo. No sé en que momento desperté porque sus manos apartaban lo que quedaba de camisón con el que había intentado cubrir mi cuerpo, y sobre mi, otra vez, entró de nuevo, aun más violento si cabe. Y mientras me penetraba y mordía con crueldad mis labios y apretaba con saña mis pechos decía, -Dime puta, así te ha follado el tío, dime, tiene la polla tan grande y dura como ésta..- y así, hasta que se corrió dentro de nuevo. No lo pude resistir más y rompí en un llanto desconsolado. Me ignoró y regresó a su posición en la cama, yo tardé en conciliar el sueño, pero al amanecer, unos ligeros golpes de su mano me despertaron, con una mirada que para mí resultó sumamente extraña, y con la delicadeza que conocía en él, me interrogó., lo hizo con amor, con ternura, como si la luz que se abría paso, hubiera derrotado por completo la terrible y tenebrosa vigilia vivida. Con su mirada oscura, rendida e infinitamente triste me preguntó. -¿Cuanto tiempo hace de lo sucedido? Muchos meses cinco. Me pregunto ¿que si había habido posesión? ¿Qué si me hiciste tuya en totalidad? ¿Qué si me penetraste? ¿Qué cuantas veces? ¿Que si te recibí en mi boca? ¿Que si me habías hecho sodomía? Todas mis respuestas fueron negativas. De modo alterado dijo, -No lo entiendo, por favor no me vuelvas loco ¿Cómo es posible? Cuéntamelo todo, pormenorizadamente, todo lo sucedido-. Él seguía produciéndome algo de miedo, asentí y comencé mi relato. Reconozco que, en principio, procuré que éste fuese lo más aséptico posible, pero la misma narración formó imágenes en mi pensamiento tan reales, que con el recuerdo de éstas, el evocar y revivir, momentos tan apasionantes, fue todo uno. Abstraída en mí argumento, no caí en la cuenta de que mientras éste se producía, él, imitando todo lo que iba sucediendo, entró en mí. Tan absorta estaba que de no ser por sus reiteradas palabras de amor, anunciándome su llegada no me hubiese dado cuenta, Y sin poder, o quizás, sin querer evitarlo, mi cuerpo, joven y sano, tras las reiteradas penetraciones, respondió secundándolo en su venida. Ambos quedamos exhaustos tras los momentos tan intensos vividos, el silencio en las palabras y la respiración entrecortada, que se iría serenando con el mutismo, se impuso.
Apoyado sobre su codo izquierdo y mi costado derecho, mirándome fijamente, comenzó a decirme, -Por favor, te ruego que me perdones, que disculpes mi violencia de esta noche, no la he podido contener. Desde hace veinte años que nos casamos he estado esperando con terror el momento que ayer me revelaste. Pero no por esperado resulta menos doloroso. Ayer surgieron de tu boca las palabras que en multitud de ocasiones han desvelado mis sueños. Siempre he sabido que no me amabas, pero el tiempo me fue demostrando que algo me querías, y el miedo a la posibilidad de que surgiese otro hombre, que te arrebatara de mi lado, se había alejado; por eso cuando me lo dijiste, un odio destructor, y una irrefrenable meta de hacerte daño con mis propias manos, se apoderó de mí, recabando por fin ambos, en el dolor y el deseo de autodestrucción. En un primer estadio, la autodestrucción: me dije, hazla tuya sin contemplaciones, poséela, viólala, goza de su adorado cuerpo, por última vez. En un segundo estadio: el dolor, me pregunté ¿por qué me causa tanto dolor? ¿Quién es? ¿Qué tiene, que no tenga yo? ¿No lo puede hacer mejor que yo? He estado veinte años pendiente de ella, pendiente de hacerle el amor cuando entendía que estabas menos opuesta, más receptiva. Agradeciéndote cada momento, cada ocasión que me permitías entrar en ella. Y mi dolor me llevó a poseerte de nuevo diciéndote lo que te dije. Al amanecer he comprendido que si tú lo amabas tenía que ser un buen hombre. Tú no podías amar a alguien que no lo fuera, que tampoco podía ser un encoñamiento, que estaban nuestros hijos, tus hijos, que son lo que más amas del mundo. Tenia que preguntarte si era algo muy reciente o ya había pasado tiempo, cuando has contestado que cinco meses, me he dicho, la quiere, tanto tiempo sin haber tenido ningún signo de lo ocurrido. En la sociedad de los hombres, las noticias taurinas, se extienden como reguero de pólvora. Demostraba que te respetaba y si te respetaba tanto era porque te amaba. Esto para mi era la peor de las noticias. Por eso te he interrogado, por eso he indagado, por eso cuando te he notado absorta en el recuerdo de tu amado, le he hecho el amor a mi amada. Entiendo que me he comportado como un parásito y, que he vivido y sentido tu pasión para otro y, que has vivido y sentido la que para ti era la pasión de otro, pero nunca lo podré olvidar, nunca podré olvidar que por primera vez mi mujer, había sido completa entera, y conjuntamente, par mí, la siempre y, durante veinte años, añorada hembra. Te ruego que no me dejes, que sigas viviendo esta situación con la vives. Yo fingiré que no se nada. Te quiero tanto, te amo tanto, te deseo tanto que el sólo pensar que te alejes de mí me resulta inadmisible y destructivo. Quédate a mi lado, sigue junto a mí, yo seguiré siendo el hombre que siempre he sido contigo. No me abandones. No me dejes sin mis hijos y sobre todo no me dejes huérfano de ti-.
Me quedé sin palabras, me sentí la peor del las mujeres, me consideré la más cruel de las esposas, y la más infame madre. Me disponía a pedirle perdón por todo lo sucedido, cuando tapando mis labios con sus dedos, manifestó: -Sólo te pido una cosa, vive tu amor apasionado con ese hombre, pero cuando la pasión te lleve a la total entrega, dímelo y permite la mía. No quiero sentir la terrible duda de que si hay niños sean o no míos. Siempre serán míos-. Le contesté que lo comprendía, que nunca tendría un hijo que no fuese suyo. Se preparó y se marchó a trabajar.
No esperaba este tipo de narración. Me dejó pensativo, había crecido lo suficiente para comprender la prueba de amor que acababa de escuchar. Al comienzo del relato los celos, los estúpidos celos, me habían hecho sentir que él estaba utilizando algo que me pertenecía. Cuando terminó, de haber sido posible, le hubiese estrechado la mano, profusamente, reconociéndole el amor sin medida que sentía por su mujer, y su hombría de bien. Comencé a respetarle.
martes, 15 de enero de 2008
LA OBSESION, EL DESEO capitulo VI
VI
Mientras tanto, Lorena prosiguió su narración, mencionándome que la emoción no la había dejado decir nada más, y no sólo eso, si no que no le permitió llorar. Llorar al contrario, que horas antes de felicidad, toda la pena y el sufrimiento vivido, habían que dado reducidos a un silencio y fingir, respetuoso.
-Me costó asimilar el acuerdo al que había llegado con él, no fui capaz de asumir la libertad concedida de modo inmediato. Sus palabras y el contenido de las mismas durante algún tiempo fueron la causa que motivó no correr a buscarte con carácter inminente. Tenia duda, tenia miedo, tenia incertidumbre. Abrigaba serias vacilaciones sobre que, al tenerte cerca, pudiese seguir manteniendo la calma que tu ausencia me aportaba. Pero mi amor por ti me estaba robando el sueño y la tranquilidad. Por lo que por fin decidí, llamarte, aprovechando la rotura del interruptor, te mandé el mensaje con mi hijo Oscar, confirmé su recepción preguntándole si te lo había dado. Me dijo que si, si bien, no me dejó claro, si vendrías o no, porque le había parecido, que estabas algo raro. La noticia me llenó de zozobra. ¿Seguirías queriéndome?, ¿Me habrías olvidado? Dormí inquieta pensando en la posibilidad de que no vinieses. Me levanté temprano. Cuando todos se habían marchado, me maquillé ligeramente, me di un toque de color en los labios, atusé mi peinado, me vestí con una prenda abotonada de arriba abajo, y me dispuse a esperar tu llegada cerca de la puerta. No sé si te hiciste esperar o que a mí me lo pareció, pero cuando sonó el timbre, abrí de modo inmediato. Y ahí estabas tú mirándome de manera fija y hosca. No pude reprimirme, estabas tan mayor y tan guapo que te lo dije, y te franqueé la puerta. Tu respuesta accediendo fue seca y cortante, -Usted también-. Me precedías por el pasillo, y pensaba que en algo estabas cambiado, que no sólo parecías mayor, sino que eras mayor, a pesar del pantalón cortó que tenias puesto, y que como a todos los chicos de tu edad, te correspondía lucir. Llegaste a la cocina, tomaste las herramientas y volviéndote hacia mi, digite: -¿Dónde está el problema?-. El haber tomado conciencia de que podía haberte perdido, me ensombreció, me entristeció, me llenó de una profunda pena, apagó mi voz. -En el dormitorio- te respondí, y comencé el camino hacia él, precediéndote y diciéndome, ya no me quiere. Sin ti no estaba dispuesta a continuar, sucumbiría. El recorrido al dormitorio se me hizo eterno, escuché el golpe de dejar la caja sobre el suelo, y antes de que me tocases te presentí, sentí tu mano izquierda que sujetó mi cintura apenas sin tensión, como si me dijeras, vete si quieres, un alo, un soberbio alo, de vida regresó a mí, y, como si de un impacto de energía se tratase, mis pechos se llenaron, mis pezones aumentaron su tamaño y mi sexo, segundos antes de que llegara tu mano, se lubricó como si se estuviese preparando para recibirte. Tu mano llegó, entró y se adueñó. Tus dedos, increíblemente maestros, me fueron enseñando el camino del placer infinito. Tu mano izquierda soltó, lo que más que prender, era una caricia, y buscó mis pechos. Los halló dispuestos, desafiantes, mis pezones, dos erguidas, orgullosas, y retadoras defensas, fueron derrotadas, sin embargo, en la primera ocasión, por la enérgica pero tierna comprensión de tus dedos. Sobre mi cuello sentía el calor de tus besos, el fuego de tu aliento. Tu lengua lo recorría, mientras me musitabas palabras de amor y de deseo. Se inició mi venida, pero cuando más entregada estaba a ti, más necesitada estaba de ti, más añorante de tus brazos, de tus besos, de tu pasión. Súbitamente me alejaste, y con expresión decidida, comenzaste a realizar el trabajo, para el que habías venido. Mi mente se bloqueó, quedé a tu lado sin decir nada. Me quedé a tu lado si saber que hacer. Mi cuerpo, mi mente, te deseaba. Mi olfato captaba tu olor de hombre receptivo, no sabia si irme a llorar mí pena por tu abandono, o lanzarme sobre ti como la fiera en celo, que era cuando estabas cerca, y en ese momento, aún más fiera y más en celo. Comprendí que algo había cambiado en ti, y que por algo estabas ofendido conmigo, y asumí que no me querías, que había sido tu capricho momentáneo. Y me rendí, y como zombi te fui siguiendo en todo momento, hundiéndome cada vez más en la desesperación. Pero otra vez me sorprendiste, frente a mí, comenzaste a desabrochar mi vestido, y la esperanza de felicidad surgió de nuevo. El rubor fue cubriendo mi cara a medida que la prenda se fue abriendo. Sentía reparo de estar así frente a ti. Podías ser mi hijo, y el estar desnuda frente a un hombre, no era nada frecuente para mí, pero el reparo duró el tiempo justo, hasta que me di cuenta que tus manos, temblaban, de un modo incontrolado mientras desabotonaba, y tu mirada de deseo, cuando me vistes desnuda. Pero no terminaría, en esto mi suplicio, después de tu contemplar intenso y ansioso, me pediste que me sentase en la orilla de la cama, lo que me convenció de que me penetrarías si tardanza pero aun me martirizaste más, ignorándome en esa posición. Por fin, después de haberte tomado tu tiempo, me cogiste la cara con tu dedo índice, y con tono displicente, dijiste besándome, -Te amo-. Marchándote a comprar la pieza que necesitabas, no sin antes, decirme con prepotencia. -Mis hembras, las que son mis hembras, saben que cuando las solicito tienen que estar totalmente desnudas para mí. Quiero tomar lo que es mío sin que nada me pueda molestar-. Y te ausentaste. Me volví a quedar confusa ¿Por qué? me chuleabas, ¿Qué te había hecho yo? En esos pensamientos estaba cuando escuché el timbre de la puerta. Rápidamente me quite la ropa interior, la guardé y cerré sobre mi cuerpo desnudo, el vestido. Lo hice rápido, pero me preguntaste hosco, -¿Cómo has tardado tanto?- Y ¿si pasaba algo? Lo recuerdas, -ya lo verás- te contesté, y me adelanté hasta, el dormitorio. Ignorándome, te pusiste a reparar el interruptor, como estabas absorto en el trabajo, no me mirabas. Ya llevaba un rato completamente desnuda frente a ti y te susurré, -Nano ¿me solicitas?-, Al mirarme me di cuenta, de la fuerte impresión que lo que estabas viendo te produjo, entonces otro de tus movimientos desconcertantes, saliste de la habitación, me senté en la cama, y cuando regresaste estabas completamente desnudo y erecto. Viniste hacia mí y me ordenaste -¡bésala!-, me quise oponer, repetiste autoritariamente, -¡Bésala!-. Fui acercando lentamente mis labios a tu falo, no sin cierto reparo, y lo besé, y entonces, tomaste mis cabellos y los utilizaste para forzar su entrada en mi boca. Me opuse radicalmente, y a la sazón tú dices, -Mis hembras, las que son mis hembras, lo primero que han hecho es comérsela-. y soltando mi cabello, comienzas a retirarte. Ya no resisti más, ¡Te necesito!. Necesito que me hagas el amor, y sin la menor duda ni reserva, lo dejo entrar. El fuego que despide, me advierte que te consumes. No permites que esté en mi boca mucho tiempo. Me dejas caer sobre la cama y de un solo y sublime golpe, entras en mí. Y en esos instantes llego, la gloria.
El fuego que descubrí, minutos antes, terminó convertido en un incendio dentro de mí. Por fin, después de tanta añoranza, cabalgabas sobre mí, entrabas en mí, me apretabas, me mordías, me besabas. Finalmente me besabas, en cualquier parte, en todas partes. Donde pensaba que me gustaría encontrarte, allí estabas. Goloso, atrevido, dominador, indomable, guardián solícito de las laxitudes sosegadas, consecuencias de mis venidas. Pero no quise darme cuenta que ya, como tú decías, era una de tus hembras. Irremediable y consentidamente, una de tus hembras. Cuando intuí tu llegada, tonta de mí, te ordené -¡Bájate!- te suplique -¡bájate!-. Pretendí que bajaras por la fuerza, y me llenaste con tus descargas continuadas. Me llené con las mías, y me abandoné en tus brazos viviendo, solo y para ti. Cuando pude reponerme de tanta felicidad solo se me ocurrió decirte –Nano, hijo mío, me has dejado embarazada-. Te dije hijo mío porque no encontré otras palabras más hermosas, para demostrarte como te amaba. Pero no me comprendiste y tu respuesta, que no quiero recordar, me destrozó, me demostró tu cambio. Ya no eras el hombre/niño que me sorprendió con su pasión y su inexperiencia, eras el hombre del que estaba profundamente enamorada, que me originaba, inquietud, desasosiego, e incluso pánico. Un hombre que, en pocas horas, me había enviado del cielo a los infiernos en varias ocasiones. Y de nuevo se hizo la luz. Tus manos tomaron mi cara y llorando me pediste perdón, me abrazaste, demostraste, que me amabas, que me querías, que me deseabas. No pude contenerme, no me quise contener. Y te respondí abrazándote, con arrebato. Y me convertiría en tuya en irremediable, y convencidamente tuya.
Estando en este trance, un nuevo ciclo de frenesí, dio comienzo. Te indiqué que se hacia tarde y que debíamos concluir. Reiniciaste el trabajo, al rematarlo, dejaste las herramientas en la cocina. Tome la decisión de probarte mi amor. A tu salida, te esperaba en el pasillo, te arrinconé, y cuando te tenía sobre la pared, Bajándote, pantalón y calzoncillo, busqué con mi boca tu pene y lo introduje en ella. No tenía una idea muy clara de como debía obrar. Tome tus manos, tomaste mis cabellos, guiaste mi cabeza, y marcaste el ritmo. Un ritmo que te llevó a descargar tu simiente dentro. Dude que hacer. Me ofreciste tu mano para recogerla, la limpiaste en ti. Me besaste y partiste. Como muy bien sabes. He tardado tres inacabables años en volver a tenerte junto a mí.
Mientras tanto, Lorena prosiguió su narración, mencionándome que la emoción no la había dejado decir nada más, y no sólo eso, si no que no le permitió llorar. Llorar al contrario, que horas antes de felicidad, toda la pena y el sufrimiento vivido, habían que dado reducidos a un silencio y fingir, respetuoso.
-Me costó asimilar el acuerdo al que había llegado con él, no fui capaz de asumir la libertad concedida de modo inmediato. Sus palabras y el contenido de las mismas durante algún tiempo fueron la causa que motivó no correr a buscarte con carácter inminente. Tenia duda, tenia miedo, tenia incertidumbre. Abrigaba serias vacilaciones sobre que, al tenerte cerca, pudiese seguir manteniendo la calma que tu ausencia me aportaba. Pero mi amor por ti me estaba robando el sueño y la tranquilidad. Por lo que por fin decidí, llamarte, aprovechando la rotura del interruptor, te mandé el mensaje con mi hijo Oscar, confirmé su recepción preguntándole si te lo había dado. Me dijo que si, si bien, no me dejó claro, si vendrías o no, porque le había parecido, que estabas algo raro. La noticia me llenó de zozobra. ¿Seguirías queriéndome?, ¿Me habrías olvidado? Dormí inquieta pensando en la posibilidad de que no vinieses. Me levanté temprano. Cuando todos se habían marchado, me maquillé ligeramente, me di un toque de color en los labios, atusé mi peinado, me vestí con una prenda abotonada de arriba abajo, y me dispuse a esperar tu llegada cerca de la puerta. No sé si te hiciste esperar o que a mí me lo pareció, pero cuando sonó el timbre, abrí de modo inmediato. Y ahí estabas tú mirándome de manera fija y hosca. No pude reprimirme, estabas tan mayor y tan guapo que te lo dije, y te franqueé la puerta. Tu respuesta accediendo fue seca y cortante, -Usted también-. Me precedías por el pasillo, y pensaba que en algo estabas cambiado, que no sólo parecías mayor, sino que eras mayor, a pesar del pantalón cortó que tenias puesto, y que como a todos los chicos de tu edad, te correspondía lucir. Llegaste a la cocina, tomaste las herramientas y volviéndote hacia mi, digite: -¿Dónde está el problema?-. El haber tomado conciencia de que podía haberte perdido, me ensombreció, me entristeció, me llenó de una profunda pena, apagó mi voz. -En el dormitorio- te respondí, y comencé el camino hacia él, precediéndote y diciéndome, ya no me quiere. Sin ti no estaba dispuesta a continuar, sucumbiría. El recorrido al dormitorio se me hizo eterno, escuché el golpe de dejar la caja sobre el suelo, y antes de que me tocases te presentí, sentí tu mano izquierda que sujetó mi cintura apenas sin tensión, como si me dijeras, vete si quieres, un alo, un soberbio alo, de vida regresó a mí, y, como si de un impacto de energía se tratase, mis pechos se llenaron, mis pezones aumentaron su tamaño y mi sexo, segundos antes de que llegara tu mano, se lubricó como si se estuviese preparando para recibirte. Tu mano llegó, entró y se adueñó. Tus dedos, increíblemente maestros, me fueron enseñando el camino del placer infinito. Tu mano izquierda soltó, lo que más que prender, era una caricia, y buscó mis pechos. Los halló dispuestos, desafiantes, mis pezones, dos erguidas, orgullosas, y retadoras defensas, fueron derrotadas, sin embargo, en la primera ocasión, por la enérgica pero tierna comprensión de tus dedos. Sobre mi cuello sentía el calor de tus besos, el fuego de tu aliento. Tu lengua lo recorría, mientras me musitabas palabras de amor y de deseo. Se inició mi venida, pero cuando más entregada estaba a ti, más necesitada estaba de ti, más añorante de tus brazos, de tus besos, de tu pasión. Súbitamente me alejaste, y con expresión decidida, comenzaste a realizar el trabajo, para el que habías venido. Mi mente se bloqueó, quedé a tu lado sin decir nada. Me quedé a tu lado si saber que hacer. Mi cuerpo, mi mente, te deseaba. Mi olfato captaba tu olor de hombre receptivo, no sabia si irme a llorar mí pena por tu abandono, o lanzarme sobre ti como la fiera en celo, que era cuando estabas cerca, y en ese momento, aún más fiera y más en celo. Comprendí que algo había cambiado en ti, y que por algo estabas ofendido conmigo, y asumí que no me querías, que había sido tu capricho momentáneo. Y me rendí, y como zombi te fui siguiendo en todo momento, hundiéndome cada vez más en la desesperación. Pero otra vez me sorprendiste, frente a mí, comenzaste a desabrochar mi vestido, y la esperanza de felicidad surgió de nuevo. El rubor fue cubriendo mi cara a medida que la prenda se fue abriendo. Sentía reparo de estar así frente a ti. Podías ser mi hijo, y el estar desnuda frente a un hombre, no era nada frecuente para mí, pero el reparo duró el tiempo justo, hasta que me di cuenta que tus manos, temblaban, de un modo incontrolado mientras desabotonaba, y tu mirada de deseo, cuando me vistes desnuda. Pero no terminaría, en esto mi suplicio, después de tu contemplar intenso y ansioso, me pediste que me sentase en la orilla de la cama, lo que me convenció de que me penetrarías si tardanza pero aun me martirizaste más, ignorándome en esa posición. Por fin, después de haberte tomado tu tiempo, me cogiste la cara con tu dedo índice, y con tono displicente, dijiste besándome, -Te amo-. Marchándote a comprar la pieza que necesitabas, no sin antes, decirme con prepotencia. -Mis hembras, las que son mis hembras, saben que cuando las solicito tienen que estar totalmente desnudas para mí. Quiero tomar lo que es mío sin que nada me pueda molestar-. Y te ausentaste. Me volví a quedar confusa ¿Por qué? me chuleabas, ¿Qué te había hecho yo? En esos pensamientos estaba cuando escuché el timbre de la puerta. Rápidamente me quite la ropa interior, la guardé y cerré sobre mi cuerpo desnudo, el vestido. Lo hice rápido, pero me preguntaste hosco, -¿Cómo has tardado tanto?- Y ¿si pasaba algo? Lo recuerdas, -ya lo verás- te contesté, y me adelanté hasta, el dormitorio. Ignorándome, te pusiste a reparar el interruptor, como estabas absorto en el trabajo, no me mirabas. Ya llevaba un rato completamente desnuda frente a ti y te susurré, -Nano ¿me solicitas?-, Al mirarme me di cuenta, de la fuerte impresión que lo que estabas viendo te produjo, entonces otro de tus movimientos desconcertantes, saliste de la habitación, me senté en la cama, y cuando regresaste estabas completamente desnudo y erecto. Viniste hacia mí y me ordenaste -¡bésala!-, me quise oponer, repetiste autoritariamente, -¡Bésala!-. Fui acercando lentamente mis labios a tu falo, no sin cierto reparo, y lo besé, y entonces, tomaste mis cabellos y los utilizaste para forzar su entrada en mi boca. Me opuse radicalmente, y a la sazón tú dices, -Mis hembras, las que son mis hembras, lo primero que han hecho es comérsela-. y soltando mi cabello, comienzas a retirarte. Ya no resisti más, ¡Te necesito!. Necesito que me hagas el amor, y sin la menor duda ni reserva, lo dejo entrar. El fuego que despide, me advierte que te consumes. No permites que esté en mi boca mucho tiempo. Me dejas caer sobre la cama y de un solo y sublime golpe, entras en mí. Y en esos instantes llego, la gloria.
El fuego que descubrí, minutos antes, terminó convertido en un incendio dentro de mí. Por fin, después de tanta añoranza, cabalgabas sobre mí, entrabas en mí, me apretabas, me mordías, me besabas. Finalmente me besabas, en cualquier parte, en todas partes. Donde pensaba que me gustaría encontrarte, allí estabas. Goloso, atrevido, dominador, indomable, guardián solícito de las laxitudes sosegadas, consecuencias de mis venidas. Pero no quise darme cuenta que ya, como tú decías, era una de tus hembras. Irremediable y consentidamente, una de tus hembras. Cuando intuí tu llegada, tonta de mí, te ordené -¡Bájate!- te suplique -¡bájate!-. Pretendí que bajaras por la fuerza, y me llenaste con tus descargas continuadas. Me llené con las mías, y me abandoné en tus brazos viviendo, solo y para ti. Cuando pude reponerme de tanta felicidad solo se me ocurrió decirte –Nano, hijo mío, me has dejado embarazada-. Te dije hijo mío porque no encontré otras palabras más hermosas, para demostrarte como te amaba. Pero no me comprendiste y tu respuesta, que no quiero recordar, me destrozó, me demostró tu cambio. Ya no eras el hombre/niño que me sorprendió con su pasión y su inexperiencia, eras el hombre del que estaba profundamente enamorada, que me originaba, inquietud, desasosiego, e incluso pánico. Un hombre que, en pocas horas, me había enviado del cielo a los infiernos en varias ocasiones. Y de nuevo se hizo la luz. Tus manos tomaron mi cara y llorando me pediste perdón, me abrazaste, demostraste, que me amabas, que me querías, que me deseabas. No pude contenerme, no me quise contener. Y te respondí abrazándote, con arrebato. Y me convertiría en tuya en irremediable, y convencidamente tuya.
Estando en este trance, un nuevo ciclo de frenesí, dio comienzo. Te indiqué que se hacia tarde y que debíamos concluir. Reiniciaste el trabajo, al rematarlo, dejaste las herramientas en la cocina. Tome la decisión de probarte mi amor. A tu salida, te esperaba en el pasillo, te arrinconé, y cuando te tenía sobre la pared, Bajándote, pantalón y calzoncillo, busqué con mi boca tu pene y lo introduje en ella. No tenía una idea muy clara de como debía obrar. Tome tus manos, tomaste mis cabellos, guiaste mi cabeza, y marcaste el ritmo. Un ritmo que te llevó a descargar tu simiente dentro. Dude que hacer. Me ofreciste tu mano para recogerla, la limpiaste en ti. Me besaste y partiste. Como muy bien sabes. He tardado tres inacabables años en volver a tenerte junto a mí.
lunes, 14 de enero de 2008
LA OBSESION, EL DESEO capitulo VII
VII
En este tiempo él ha entrado en mí, en contadas ocasiones, y siempre de modo callado y respetuoso, como consecuencia de los escasos aumentos habidos en mi libido.
Había pasado tanto tiempo, un año y algunos meses, sin que tuviese noticias tuyas, que él llego a creer que tu existencia no era real. En Noviembre del pasado año, en uno de los contados momentos íntimos que vivimos, me interrogó -¿no me has comentado nada de cómo va tu amor con ese misterioso hombre del que me hablaste?-. Ignoro porque me molestó su comentario y reaccioné lanzándole a la cara.-lo sucedido casi dos años antes, lo hice con saña, queriendo hacerle daño, sin piedad. Le relate detalladamente los momentos de amor y pasión que había vivido contigo, me di cuenta que en lugar de sentirse humillado, su deseo sexual, fue en aumento. Me hizo el amor, con una intensidad que no recordaba de ningún otro momento. El rememorarlos produjo en mí una avidez desaforado por ti. Y a ésta me entregue sin límite. Cuando el orgasmo estaba por llegar exclamé, sin darme cuenta, -Nano, amor mío, ven a por mí, llevame contigo-. Su culminación, se unió a la mía. Al recuperarse prorrumpió -¡Nano! Ese niño. ¿Ese niño, es el hombre? Ahora lo entiendo. Ahora me explico porque no he sido capaz de descubrir quien era, quien podía pensar en él, inesperado comportamiento en un niño-. Y apartándose de mí. Dijo –ámalo-.
A las dos semanas, supe que estaba embarazada. Tu hija, porque no tengas la menor duda de que es tu hija, fruto de nuestro amor. De no ser así, mi ser no hubiera permitido que la engendrase, estaba comenzando su lucha para llegar a conocerte.
Escuché calladamente su narración, mientras lo hacia se fueron dando en mi, sentimientos encontrados, sentimientos de celos, de miedo, de orgullo, de delirio, de poder. La incorporé y resolví llegado el momento de dominarla. Me dispuse a tomarla cuanto quisiera, a recuperar el tiempo perdido. Me detuvo con una observación, -amor mío todavía estoy en la cuarentena. Si entras en mí y te descargas es seguro que me fecundarás, y quedarme embarazada tan pronto no seria bueno, para mí y sobre todo para la niña.-, -No haberla tenido-, respondí. Sobraba el comentario, con tomarla habría bastado, era seguro que no se hubiese opuesto, pero estaba enfadado, no había sido capaz de respetar mi ausencia y ahora, me pedía que no entrase en ella, que no descargara mi esencia en su seno. No estaba dispuesto a que así fuese. Por otra parte, también estaba enfadado, por haberme privado de gozarla embarazada, el sólo imaginarla en este estado me situaba al borde del paroxismo y elevaba mi apetito a su punto más álgido. No respondió, con mi lengua, experta ya en tactos y sabores, la fui recorriendo puntualizadamente con mis labios, ilustrados ya en caricias y ternuras, la fui besando sin mesura. Besé sus ojos, degusté su boca, rocé sus orejas, en las que mi lengua, se mostró juguetona. Sus pezones fueron para mi fuente de leche, dulce y templada que saboreé ávido, como niño, y a lo que solo puso fin el recuerdo de que era manjar imprescindible para mi niña. Mi lengua libó en cada rincón de su humedad, mis labios succionaron golosos su clítoris, mi nariz friccionó el vértice de su hendidura. Viví en primera plana cada una de sus venidas, que descargaron en mi cara su flujo embriagador. Mis dedos, índice y corazón, untados en sus néctares, fueron relajando el esfínter de su ano. Mientras lo masajéaba, su mirada era seria, su expresión resignada. Cuando consideré llegado el momento, la situé con sus posaderas en alto, su mirada seguía siendo seria, pero además suplicante, como diciéndome, nunca me han sodomisado. Respondiendo a mi propia pregunta dije, si si le voy a hacer el culo, es mío y se lo voy a hacer, hasta que mi falo entre como en un fino guante. Y colocándolo en el acceso de éste, despaciosamente; solo quería penetrarla, no poseerla: se lo fui introduciendo, sin dejar de vigilar sus muecas, estaba sufriendo de modo callado, podía comprobar que le dolía. Tan solo había introducido el prepucio, pero no resistía verle sufrir, y cesé en la penetración, suspiró relajada, pero cuando coloqué sus piernas alzadas hasta que sus rodillas se unieron a sus pezones, supo que la iba a invadir, que mi polla se imponía a mi razón, como así fue. Entré en un recinto, durante tanto tiempo añorado, y comencé; a lo que no hay mejor palabra que lo defina: follármela, a follármela con placer, con dominación, con lujuria. Presentir la llegada de mi corrida, ella también. Su pesar fue en aumento, me miraba con amor pero a su vez con desconsuelo. Estaba apunto de descargar dentro, pero salí de ella, y me recibió en su vientre, mientras su mirada, que no sabría describir y no podré olvidarla nunca, sigue indeleble en mi pensamiento.
En este tiempo él ha entrado en mí, en contadas ocasiones, y siempre de modo callado y respetuoso, como consecuencia de los escasos aumentos habidos en mi libido.
Había pasado tanto tiempo, un año y algunos meses, sin que tuviese noticias tuyas, que él llego a creer que tu existencia no era real. En Noviembre del pasado año, en uno de los contados momentos íntimos que vivimos, me interrogó -¿no me has comentado nada de cómo va tu amor con ese misterioso hombre del que me hablaste?-. Ignoro porque me molestó su comentario y reaccioné lanzándole a la cara.-lo sucedido casi dos años antes, lo hice con saña, queriendo hacerle daño, sin piedad. Le relate detalladamente los momentos de amor y pasión que había vivido contigo, me di cuenta que en lugar de sentirse humillado, su deseo sexual, fue en aumento. Me hizo el amor, con una intensidad que no recordaba de ningún otro momento. El rememorarlos produjo en mí una avidez desaforado por ti. Y a ésta me entregue sin límite. Cuando el orgasmo estaba por llegar exclamé, sin darme cuenta, -Nano, amor mío, ven a por mí, llevame contigo-. Su culminación, se unió a la mía. Al recuperarse prorrumpió -¡Nano! Ese niño. ¿Ese niño, es el hombre? Ahora lo entiendo. Ahora me explico porque no he sido capaz de descubrir quien era, quien podía pensar en él, inesperado comportamiento en un niño-. Y apartándose de mí. Dijo –ámalo-.
A las dos semanas, supe que estaba embarazada. Tu hija, porque no tengas la menor duda de que es tu hija, fruto de nuestro amor. De no ser así, mi ser no hubiera permitido que la engendrase, estaba comenzando su lucha para llegar a conocerte.
Escuché calladamente su narración, mientras lo hacia se fueron dando en mi, sentimientos encontrados, sentimientos de celos, de miedo, de orgullo, de delirio, de poder. La incorporé y resolví llegado el momento de dominarla. Me dispuse a tomarla cuanto quisiera, a recuperar el tiempo perdido. Me detuvo con una observación, -amor mío todavía estoy en la cuarentena. Si entras en mí y te descargas es seguro que me fecundarás, y quedarme embarazada tan pronto no seria bueno, para mí y sobre todo para la niña.-, -No haberla tenido-, respondí. Sobraba el comentario, con tomarla habría bastado, era seguro que no se hubiese opuesto, pero estaba enfadado, no había sido capaz de respetar mi ausencia y ahora, me pedía que no entrase en ella, que no descargara mi esencia en su seno. No estaba dispuesto a que así fuese. Por otra parte, también estaba enfadado, por haberme privado de gozarla embarazada, el sólo imaginarla en este estado me situaba al borde del paroxismo y elevaba mi apetito a su punto más álgido. No respondió, con mi lengua, experta ya en tactos y sabores, la fui recorriendo puntualizadamente con mis labios, ilustrados ya en caricias y ternuras, la fui besando sin mesura. Besé sus ojos, degusté su boca, rocé sus orejas, en las que mi lengua, se mostró juguetona. Sus pezones fueron para mi fuente de leche, dulce y templada que saboreé ávido, como niño, y a lo que solo puso fin el recuerdo de que era manjar imprescindible para mi niña. Mi lengua libó en cada rincón de su humedad, mis labios succionaron golosos su clítoris, mi nariz friccionó el vértice de su hendidura. Viví en primera plana cada una de sus venidas, que descargaron en mi cara su flujo embriagador. Mis dedos, índice y corazón, untados en sus néctares, fueron relajando el esfínter de su ano. Mientras lo masajéaba, su mirada era seria, su expresión resignada. Cuando consideré llegado el momento, la situé con sus posaderas en alto, su mirada seguía siendo seria, pero además suplicante, como diciéndome, nunca me han sodomisado. Respondiendo a mi propia pregunta dije, si si le voy a hacer el culo, es mío y se lo voy a hacer, hasta que mi falo entre como en un fino guante. Y colocándolo en el acceso de éste, despaciosamente; solo quería penetrarla, no poseerla: se lo fui introduciendo, sin dejar de vigilar sus muecas, estaba sufriendo de modo callado, podía comprobar que le dolía. Tan solo había introducido el prepucio, pero no resistía verle sufrir, y cesé en la penetración, suspiró relajada, pero cuando coloqué sus piernas alzadas hasta que sus rodillas se unieron a sus pezones, supo que la iba a invadir, que mi polla se imponía a mi razón, como así fue. Entré en un recinto, durante tanto tiempo añorado, y comencé; a lo que no hay mejor palabra que lo defina: follármela, a follármela con placer, con dominación, con lujuria. Presentir la llegada de mi corrida, ella también. Su pesar fue en aumento, me miraba con amor pero a su vez con desconsuelo. Estaba apunto de descargar dentro, pero salí de ella, y me recibió en su vientre, mientras su mirada, que no sabría describir y no podré olvidarla nunca, sigue indeleble en mi pensamiento.
domingo, 13 de enero de 2008
LA OBSESION, EL DESEO capitulo VIII, epilogo
VIII
Años más tarde mi amigo Oscar, que vivía en otra ciudad por motivos laborales, y tras horas de rememorar, todo aquello que nos habían dejado huella; la distancia nos separaba pero el cariño seguía intacto, y ya, bajo los efectos del mucho alcohol que llevábamos consumido, con mirada turbia, la cabeza sobre su brazo y el brazo sobre la mesa, me interrogo. -¿Nano? ¿Tu has tenido algo con mi madre?- La borrachera se evaporó de repente, intente seguir pareciendo borracho, -¿Qué dices, ¿yo?. Oscar, tu sabes que tu madre es una de las mujeres que más quiero, pero de esto a que haya podido tener algo que ver con ella, hay una gran diferencia. No la ofendas y no me ofendas respondí-, quería parecer enfadado, pero no lo conseguí porque mi amigo Oscar me miraba con una sonrisa sardónica. Por fin dijo, -da igual, Nano, siempre he sabido que ésta seria tu respuesta, pero escucha, la mirada de mi madre, la felicidad de mi madre cuando tu habías estado cerca, tengo la certeza que solo era así por ti. Siempre te lo he agradecido, y entre otras, por eso te quiero, amigo, como ya sabes, la felicidad era un bien escaso en la época, y para mi madre mucho más. Pero la verdad, nunca he podido adivinar, como demonios lo has hecho-.
Epilogo
Cada noche la obsesión concluye, del mismo modo, la densa humedad de mi semilla sobre el torso, me trasporta, de la inconciencia hasta la realidad. Las primeras luces del alba aparecen, tímidamente por el horizonte. El oscuro manto del sueño me envuelve. Me entrego a él.
EL. eskribidor
Dic/2007
EL. eskribidor
Dic/2007
Suscribirse a:
Entradas (Atom)